viernes, 4 de octubre de 2013

POR FAVOR, ¡DESCÚBRANSE!

POR FAVOR, ¡DESCÚBRANSE!
       Lo más probable es que si miramos la historia del sombrero, seguro que con alguna sorpresa nos encontraríamos. El sombrero
no sólo ha sido un artículo de decoración personal, como prenda de vestir, sino que incluso tenía cierta dote de coquetería. ¡cuántos, en la edad media, no se sacaban el sombrero cuando pasaba una dama!. Y quizás no habría que ir tan lejos para ello. Todavía hoy, ante lo femenino nos descubrimos.
       A nivel de fe, me gustaría que también nos descrubriéramos en el día de hoy, sobre todo al hablar de un santo por excelencia, al hablar de Francisco de Asís. Hablar de Asís, es hablar de Francisco y hablar de Francisco es hablar de Evangelio puro y duro. Un hombre bajo, quizás no guapo, enfermo en algunos momentos de su vida, pero un hombre que supo asumir, asimilar, entender… como nadie que si “tuviéramos fe como un granito de
mostaza”, lo más probable que las cosas serían de otra manera.
       Francisco supo entender como nadie que Jesús de Nazaret, que su mensaje no es un mensaje baldío, un mensaje de boquilla, un mensaje en el que decimos pero no hacemos. Francisco supo hacer del belén su propia vida, supo convertir su vida en una página de la historia viviente, supo aplicar a su propio padre que de nada sirve ir a la Iglesia todos los días, darnos golpes en el pecho…. Si los pobres no son nuestra prioridad.
       Aquella frase que comenta su gran biógrafo Tomás de Celano,   que le dijo el Cristo de san Damián, “Francisco ve y repara mi Iglesia que amenaza ruina”, no hizo falta que la repitiera dos veces. Equivocadamente empezó a reparar físicamente la Porciúncula, la pequeña ermita donde él se retiraba a hablar con su padre Dios, sin embargo pronto se dio cuenta que no hay que esperar que nos digan que el evangelio tenemos que sacarlo a la calle. Aprendió rápido la carta que este fin de semana le dirige Pablo a su amigo Timoteo, de que no hay que tener vergüenza de la fe, por eso él se queda desnudo delante de su padre, no hay que tener un espíritu cobarde, por eso él habla con el Papa y le dice que hay que cambiar el rumbo de la Iglesia.
       Sin duda, hoy los tiempos que corremos no son los mejores, pero podrían ser los más sinceros, como los de Francisco. Hoy los tiempos que corremos no invitan al entusiásmo  y a la alegría, pero sí podemos decir que somos unos pobres siervos y que hemos hecho lo que teníamos que hacer. Francisco lo entendió no a la primera, pero lo entendió. Le dio vueltas, se hizo amigo de los leprosos y rápidamente se dio cuenta que el evangelio es de los pobres.
       Una de las grandes cualidades de Francisco es que su alegría por el evangelio lo contagió rápidamente a su amiga Clara, a Bernardo, a Domingo… hoy nos tendríamos que preguntar si nuestro cristianismo es contagioso, si nosotros contagiamos lo suficiente para que los demás nos sigan porque ven que vamos tras la senda de Jesús de Nazaret.
       Alabado seas mi Señor, por los enemigos, por la muerte corporal, por los animales, por mis hermanos… pero sobre todo que nos haga instrumentos de su paz en un mundo lleno de odio, de venganza y de rencor, de pateras que llegan a Lampedusa o a cualquiera de nuestras islas. Palabras de Francisco que todavía siguen vigentes y no cumplimos.
       Hasta la próxima.

       Paco Mira

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