viernes, 29 de noviembre de 2013

¿QUÉ CELEBRAMOS?....ESPERAR

¿QUÉ CELEBRAMOS?... ESPERAR
           
No hace mucho escribía sobre mi querida Iglesia diocesana. Y en aquella ocasión comentaba que me gustaba y quería a una iglesia santa y pecadora. Una Iglesia que instruye y una Iglesia que comete errores y a veces de bulto. Hoy vuelvo a recordar que quiero a esta Iglesia contradictoria. Es curioso que en tiempos de estrés, de nerviosismo, de intranquilidad, porque quizás la situación general así lo requiera… la Iglesia nos oferta tranquilidad, espera, sosiego… y sobre todo nos oferta Adviento, esperanza.
            Quizás estemos en un periodo en que la desesperanza, la desilusión, la falta de motivación… sea la tónica general. Y visto de esa manera hasta parece lógico. Los tiempos que corremos no nos ayudan a reconocer que quizás la vida con un poquito más de calma, hasta podría ser más rentable.
            Hemos acabado el año, quizás tendríamos que felicitarnos, pero como nos comenta el evangelio de esta semana, “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿qué encontrará?”. Se nos ha ido el año de la fe. Quizás también sería cuestión de hacer balance y no de haber celebrado un año de la fe, sino qué ha supuesto en mi vida el recordar todo un año que sigo teniendo confianza en ese Dios encarnado en Jesús de Nazaret. Se nos ha ido el tiempo ordinario y ahora nos toca esperar. Pero esperar no supone estar con los brazos cruzados mirando para el cielo por si casualidad cae algo. Entiendo que esperar supone una “cierta mosca detrás de la oreja”, porque precisamente esa espera nos tiene que impulsar a dar razón de ese año que terminó.
         
   Y acabó el año, litúrgico, claro. Y quizás sea cuestión de meternos en la boca las uvas y pedir ciertos deseos. Será cuestión de brindar por aquello que creemos que hemos conseguido y quizás será cuestión de volvernos a preguntar si cuando venga el hijo del hombre….
            Estamos comenzando el año nuevo en la liturgia y lo hacemos esperando. Le pedimos al Padre que nos muestre su misericordia y nos de su salvación. Y les confieso que cada vez me cuesta más pensar que muchos de los que autorizan a poner cuchillas en la valla de Melilla, también rezarán que les muestre la misericordia. Por eso creo en el Adviento, un Adviento de desierto, de dureza, quizás de crueldad, pero es un adviento de esperar, de calma de sosiego, porque sin duda los medios justificarán el fin.
          
  Qué mejor que comenzar el Adviento, la espera… en familia, porque sin duda la familia tiene que ser testigo de la vida que se encarna. Unámonos al IX encuentro de familias y al calor del hogar esperemos y seamos testigos de la vida que se nos entrega y que se nos ofrece. Sin duda el Cruce de Arinaga será testigo de la ternura familiar.
            Vivamos el nuevo año litúrgico con alegría. No dejemos que la desesperación – por otra parte en ciertos casos lógica – nos conduzca a la desesperanza; no dejemos que la apatía del desierto, la crudeza del mismo, nos lleve a la oscuridad de la luz que se vislumbra y que el profeta Isaías entre otros, se va encargar de todo lo contrario.
            El nuevo año litúrgico comienza con una carta apostólica del Papa Francisco. Solo por ser él quien es, no por Papa, sino como Papa persona, siempre es un aire fresco el poder leerlo. No perdamos la oportunidad de comentar su carta, siempre en estas fechas es un adviento esperado y reconfortante.
            Amigos, vivamos la alegría de la fe, desde el adviento esperanzado y así lograremos llegar a una Navidad llena de entusiasmo y de de alegría
            Hasta la próxima.

            Paco Mira

viernes, 22 de noviembre de 2013

SE ACABÓ LA EUFORIA

SE ACABÓ LA EUFORIA Y ¿AHORA QUE?
            En algún tiempo, no sé si también ahora, los reyes eran los que desbordaban euforia por todas partes. Sin duda era los que no tenían problemas o al menos aparentaban el no tenerlos. Los reyes disponían a su antojo y los vasallos obedecían. Me da la impresión que a todo el mundo le iba bien, pues los que se quejaban eran los menos.
            Volvemos a celebrar la fiesta del Rey, no de los reyes. Nuestro monarca tiene su día en el calendario. Un monarca que quizás no difiera mucho de los actuales, o al menos de alguno que conocemos: no es asumido por todo el mundo, incluso alguno se plantea si su figura en los tiempos que corremos dice o nos dice algo y por ello hay que mantenerlo. Alguno plantea que la figura del rey es una figura del pasado y por ello no tiene sentido, ha quedado obsoleta.        Es un monarca, un rey que no ha pasado por muchas operaciones, como alguno de los actuales que conocemos: sus operaciones han acabado con su vida. Y lo hicieron  porque los médicos, los entendidos de entonces, no acabaron por comprender su papel y su misión y por ello era más fácil no estudiar su mensaje que acabar con él. Sencillo, muerto el perro se acaba la rabia.
            Pero casualidades de la vida, su reino, que él mismo decía que no era de este mundo, se ha convertido en un pueblo de reyes, en una asamblea santa… que tiene como misión que su reinado no se apague, no se acabe… aunque tampoco sea comprendida y entendida. Un pueblo, el de reyes, que será perseguido, calumniado, vilipendiado a lo largo de los siglos. Sin embargo el Jefe, el Rey… nos dirá que no nos preocupemos porque estaremos con él, desde ya en el paraíso.
            Sólo nos pide algo muy sencillo: gratitud, generosidad, confianza… lo que conocemos por fe. Algo que a un Papa se le ha ocurrido que durante todo un año había que mirarse al espejo y comprobar si de gratuidad, de generosidad, de fe… andábamos repletos o por el contrario un poco escasos. Se acaba el año de la fe y quizás es la hora de hacer balance de cómo andamos de eso que decimos que hemos heredado de una forma gratuita. Es el momento de dar razón en un pueblo de reyes, que el reinado de la cruz, el reinado de la gratuidad, el reinado de la humildad…. ha merecido la pena.
            En un mundo como el de hoy, donde las palabras ya cansan y se las lleva el viento; donde las promesas sin hechos son como hojas a las que el río se lleva sin resistencia, quizás es la hora de preguntarnos cuál es nuestro papel en este maravilloso reinado, donde la fe tiene que empezar a sentirse de una vez por todas sin necesidad que nadie nos lo recuerde.
            Se acaba el año litúrgico y ¿van….? Unos cuantos. No sé si es ahora cuando tenemos, los cristianos, que tomar las uvas. No sé si es ahora cuando tenemos que pedir los deseos, lo que sí tengo claro que es la hora de despertar ya, que se nos tiene que notar que somos pueblo de Dios, que tenemos que bendecir a nuestro Dios, que Dios sigue siendo ese Dios que se ha encarnado en el Jesús de Nazaret que tocamos en el hermano que sufre, por eso su reino no es de este mundo.
       
 Amigos, acabamos el año de la fe, pero comencemos a tener fe que se nos note en la cara. Quizás se nos acabó la euforia con la que lo hemos comenzado y nos podemos preguntar, como el título de estas letras, ¿y ahora qué?. Pues ahora será dar razón de nuestra fe, de nuestra esperanza. Seamos reyes de un pueblo, que aunque no sea de este mundo, toca la tierra y las realidades de la misma. A Dios rogando, pero con el mazo dando.
            Hasta la próxima.

            Paco Mira
                                                                

viernes, 15 de noviembre de 2013

¡¡¡¡FELICIDADES CANARIONA¡¡¡¡¡¡


FELICIDADES CANARIONA. O….¿CANARIENSIS?
            Pues yo creo que es lo mismo. Lo que pasa que una marca la identidad de un pueblo, donde se ubica una Iglesia local, y el otro pone el apellido dentro de la misma iglesia para no confundirnos, dentro de la misma familia, con otra iglesia vecina. Sin duda son expresiones que merecen la pena poner encima de un pedestal.
            Pero ante todo felicidades. Felicidades porque es su día. Porque en este día queremos todos tener presente a nuestra Iglesia. Porque en el calendario pone que este fin de semana nuestra Iglesia se vestirá de gala y que todos sus hijos la recordarán, la apoyarán y la valorarán. Me imagino que para muchos no es la mejor de las Iglesias, pero es la que tenemos y por ello hemos de valorarla. Esto es como los padres, siempre los de mi amigo son mejores que los míos, pero son los que tengo.
            ¿Saben?. Me gusta mi Iglesia. Esta Iglesia que tiene defectos; esta Iglesia que, como decía san Agustín, es santa y pecadora. Y tiene defectos y es pecadora, porque está compuesta por hombres y mujeres que se equivocan; hombres y mujeres a los que hay que corregir con cierta frecuencia, pero hombres y mujeres que tienen la capacidad suficiente para volver a levantarse e intentar no equivocarse. Por eso me gusta así. Quiero a esta mi Iglesia, con los curas canosos, viejillos… con los curas jóvenes, con los que empiezan con una ilusión inmensa en el seminario….Quiero a esta Iglesia de mujeres currantes, de laicos comprometidos, de hombres que fueron y ahora no lo son, pero que no les importaría volver a ser pero de otra manera y con su vida compartida. Quiero a esta Iglesia que recuerda un sínodo que no se ha cumplido quizás en su principio, una iglesia que todos los años marca un Plan Diocesano de Pastoral y que muchos no cumplimos… pero quiero a mi Iglesia
            Quiero cuidar de mi Iglesia. Quiero mimarla. Quiero que vaya por el camino del aire fresco que va marcando el Papa argentino que nadie pensaba que iba a ser y que está sacudiendo las alfombras de mi casa eclesial. No quiero que se deteriore, por eso he de cuidarla porque seguro que ella me cuida a mí
            Quiero curar también a mi Iglesia. Tanto roce entre nosotros los hermanos, nos hacemos heridas, algunas profundas, por eso he de procurar que mi Iglesia sea sana. El curar a la Iglesia supone evitar los malos rollos de cuentas que no me pertenecen porque el dinero ha de ser efímero. El curar a la Iglesia supone también la denuncia de los abusos de cualquier tipo.
            Quiero cultivar a mi Iglesia: regarla, podarla, abonarla… es fácil contratar jornaleros que hagan un trabajo que yo puedo hacer, pero que supondría el mancharme las manos. Muchos tienen manchadas las manos de amor, de solidaridad, de fraternidad… ojalá que nunca se las limpien porque ello significa que seguimos en la huerta de la vida al lado de mi querida Iglesia.
            Ojalá que nuestra Iglesia, esa Iglesia a la que quiero, sea una Iglesia con todos y al servicio de todos. Que nadie nos pueda achacar que los pobres, los tristes, los desvalidos… son unas bienaventuranzas escritas en un papel, pero que no tiene aplicación práctica. Eso significa que nuestra Iglesia está viva y defiende la vida. Digamos que no a los que, con la disculpa de defender su propio cuerpo, destrozan la vida de otro que quiere compartir las alegrías y las penas, la salud y la enfermedad de este maravilloso espacio llamado mundo. Digamos no al aborto, digamos sí a la vida.
            Por eso quiero a mi Iglesia. Porque queda mucho por hacer y trabajar y como dice Pablo a la comunidad de Tesalónica, el que no trabaje que no coma. Hay trabajos que no necesitan remuneración, aunque se pida un pequeño esfuerzo económico para el propio sustento.
            Felicidades, Iglesia
            Hasta la próxima.

            Paco Mira
                                                        

viernes, 8 de noviembre de 2013

VIVO PARA CONVIVIR Y CONVIVO PARA VIVIR

VIVO PARA CONVIVIR Y CONVIVO PARA VIVIR
            En la carrera tenía un profesor de sociología que siempre que teníamos clase, comenzaba la misma con la frase con la que comienzo estas líneas. Siempre la dejaba caer, como coletilla, con la sana intención de pensar de que algún día nos la aprenderíamos de memoria. Y lo consiguió.
            No es fácil abstraerse del significado de la misma. Nacemos para vivir, no como algunos piensan que nacemos para morir, aunque esto sea una consecuencia de la vida misma. Solo muere lo que está vivo. Pero en esa vida, larga o corta, debemos y tenemos la obligación de convivir. Es decir que en la medida en que yo me relaciono con otros, crezco como persona y los demás crecen conmigo. Vivir y convivir suponen dos piezas claves de esta maravillosa realidad llamada vida.
            Y precisamente a esa vida es a lo que nos invita el evangelio y las lecturas de este domingo. La vida ha de estar por encima de las leyes, de las normas… aunque estas nos ayuden a vivir. Los fariseos, nuestros fariseos de hoy en día; los doctores de la ley, nuestros doctores eclesiásticos y no eclesiásticos de hoy en día, temen que las normas no se cumplan, que los sacramentos no se lleven a la práctica con la necesaria ritualidad… y en el fondo lo que estamos haciendo es apagando la propia esencia de la vida, del evangelio y quizás pretendamos poner contra las cuerdas al propio Jesús de Nazaret.
            Pero claro, los primeros que tenemos que creernos lo de la vida somos nosotros mismos. Ahora que vivimos momentos chungos, momentos apremiantes, momentos de escasez en muchos sentidos… quizás también vivamos momentos de desesperanza, momentos de angustia, momentos de desánimo. La vida nos tiene que invitar a la esperanza; la vida nos tiene que invitar a la ilusión, la vida nos tiene que invitar a tener ganas.
        
 Quizás vivamos un momento en que a la fe la metemos en el trastero de nuestra vida, que la arrinconemos en la despensa del olvido y sin embargo Pablo en la carta que le dirige a la comunidad de Tesalónica les dice que el Señor les dará fuerza para anunciar su buena nueva. Tesalónica y el propio Pablo se lo creyeron. Lo malo es que nosotros tengamos duda de que nuestro Dios no es un Dios de vivos sino de muertos.
            Nuestro Dios es un Dios que nos quiere como somos, con nuestras alegrías y nuestras penas, con nuestras vida saludable y nuestro dolor… porque en él se supone que superamos aquello que nos aflige. No caigamos en la tentación del ritualismo, pero tampoco caigamos en la tentación de la intransigencia. No abusemos del poder, sea cual fuere este, porque seguro que en ninguna de estas cosas hay vida, sino que hay muerte. E insisto que el nuestro es un Dios de vivos y no de muertos.
            Al mal tiempo buena cara. A tiempo de dificultad, de crisis, de soledad, de desgana…  que se nos note que el mensaje nos ha llegado, nos ha calado, que somos capaces de discernir en tiempos de mucha broza, el verdadero grano que se siembra en tierra buena, el grano que da fruto, el grano que da vida, porque somos testigos de un Dios de vivos y no de muertos.
            Hasta la próxima.

                                                                                    Paco Mira

viernes, 1 de noviembre de 2013

¡VIVEN !!!!


¡VIVEN, VIVEN, VIVEN, VIVEN….!
            Me imagino que todos se acordarán, nos acordaremos, de aquella famosa película en la que se narraba el hallazgo de unos supervivientes en los Andes argentinos, después de que estos lograran sobrevivir – algunos – gracias a la práctica del canibalismo con sus compañeros fallecidos. Cuando fueron encontrados, quien lo hizo, se exclamó VIVEN. Todo ello basado en un hecho real.
            Y esa película, esa realidad, me viene a cuento hoy por las fiestas que estamos celebrando. Por un lado los fieles difuntos y por otro la festividad de todos los santos. No sé por qué me da la impresión que nuestra religiosidad, nuestra cultura, es más una cultura de cementerio, de lágrima, de luto, de vestimenta negra… que de alegría, de colores claros, quizás de fiesta….. Parece que celebramos más el llevar flores a los cementerios, que vivir con alegría la resurrección de los que nos han precedido.
            Ya lo dice nuestro evangelio, el evangelio de todos, que nuestro Dios es un Dios de vivos, de gente lucha, de gente que se gana la vida con el sudor de su frente y con la honradez de un trabajo y su salario correspondiente. Nuestro Dios es un Dios de vivos solidarios, de vivos que prestan su acción social en cáritas, en organizaciones solidarias, en familias acogedoras con los deshauciados. Nuestro Dios es un Dios que se parte y reparte entre todas aquellas personas que caminan a nuestro lado y a veces no nos damos cuenta.
            Amigos, no viven… vivimos porque creemos – o eso espero – en un Dios que fomenta la vida y no el mortífero aborto; vivimos porque creemos en un Dios que fomenta el respeto y la amabilidad de todos aquellos que, como hermanos de una misma familia, se aman. No está mal la flor, el ramo… pero no nos quedemos con eso solamente. Vayamos fomentando el Reino de Dios y sobre todo su justicia.
            Por eso serán dichosos y afortunados los misericordiosos, los limpios de corazón, los pobres en el espíritu, los que sufren por la causa de Jesús, los que caminan por esos caminos de tierra y polvo en busca de un enfermo, de un encarcelado, en busca de los que tienen hambre, no solo de pan, de justicia. Esos son los que están llamados a la santidad.
            Me gustaría también hoy recordar a todos aquellos que nos han precedido en el camino de la fe, en la calle de la vida religiosa. Aquellos que probablemente no estén en los altares, pero que muchos de ellos se merecen un altar, por ejemplo a san chofer de guagua, santa lavandera de ropa, san mensajero y santa secretaria, santa madre de familia y san gerente de empresa, san obrero de la construcción y san agricultor, san estudiante y santa colegiala, santa viuda, santa solterona, santa niña, santa anciana, san sacerdote, san obispo, san pontífice, san limosnero, san celador, santa cocinera, san arredatario y san millonario, por qué no… tantos y tantos que amaron a Dios y cumplieron con los deberes de cada día.
            Eso es lo que celebramos hoy. La vida de todos y cada uno de nosotros y de los que nos han ido marcando, con su huella, el camino que hay que seguir. Muchos están en las peanas de nuestras iglesias, otros en el anonimato, pero que también se lo merecen, otros conviven con nosotros todos los días. Es verdad que muchos son los llamados, pero pocos los escogidos, pero todos estamos llamados a felicitarnos por nuestro día dedicado a la santidad y al Dios de los vivos y no de los muertos. ¿nos apuntamos?
            Hasta la próxima.

            Paco Mira