viernes, 7 de febrero de 2014

UNAMOS LAS MANOS Y NO SEAMOS SOSOS


UNAMOS LAS MANOS Y NO SEAMOS SOSOS
A veces, nos devanamos los sesos intentando buscar una palabra, una frase… que nos invite, que nos indique el camino a recorrer. Esa frase ha de ser siempre sugerente, que nos llame, que nos anime para aquello que queremos conseguir. Manos Unidas ha sido y es la unión de dos palabras que tiene que invitar a lo que significan: a entrelazar, a unir, a juntar, a adosar…, esfuerzos, sacrificios por una causa justa.
Pero claro. Los tiempos que corremos no suelen ser propicios para escuchar ofertas que nos inviten a tener que rascar el bolsillo, en cuestiones y materias solidarias. Quizás los tiempos que corremos, para muchos, son tiempos de abrir los bolsillos y que nos echen alguna monedilla, aunque sean céntimos, más que de poner nosotros céntimos en los bolsillos de otros.
Sin embargo, este fin de semana se nos invita a abrir, no el bolsillo (que también) sino la conciencia de problemas mayores que el nuestro. Abrirnos a crisis mayores que las nuestras; a necesidades básicas mayores que las nuestras. Este fin de semana se nos invita a fijarnos en aquellas miradas agradecidas de quienes en el silencio de su desgracia, nos están diciendo gracias. Se nos invita a girar la mirada y ver a los ojos directamente y decirle a
otro que es igual que yo, a un semejante, te quiero ayudar. Este fin de semana se nos invita a juntar las manos, a ser todos Manos Unidas, y conseguir con mínimo esfuerzo, la realización de un proyecto que sin demasiados sudores a otros le viene como anillo al dedo.

Este fin de semana el evangelio nos invita a ser condimento en el almuerzo de la vida. Una vida a la que le hace falta el sabor, y aroma. Se nos invita a ser farolas en las calles de la vida. Calles, a veces, con tránsito difícil y complicado; calles donde la oscuridad de los acontecimientos hacen de ellas unos lugares de cierta peligrosidad… y esas farolas, más que nunca, han de alumbrar con mayor intensidad. Por eso no nos olvidemos que hemos de ser sal de la vida y luz del mundo. No hemos de ser los únicos, pero hemos de ser los que siempre estemos en la mano del que nos necesita.
Cuando las noticias nos hablan de gente muerta por querer saltar la valla en las ciudades autónomas; cuando la ONU manda al Vaticano que investigue en serio la pederastia, a mí se me ocurre invocar con el gran Isaías, no te cierres a tu propia carne, sentemos a los pobres en la mesa de nuestra vida y seremos para ellos la luz con la que Dios nos ilumina.
Amigos, mientras no seamos capaces de asumir que los pobres no seres extraños o ajenos a nuestra vida; mientras no asumamos que la Iglesia es la casa de todos, con goteras eso sí; mientras no asumamos que el pan que compartimos en la mesa de la eucaristía es el mismo Dios que comparte los sufrimientos de los más necesitados… no entenderemos que tenemos que ser sal de la tierra y luz del mundo.
La Iglesia no es una ONG. La Iglesia es una comunidad en donde tienen cabida todos los de corazón humilde, sencillo y abierto, empezando por los
más pecadores que de corazón se arrepienten ante la falta cometida, y por los más inocentes como los niños. Aunamos nuestras manos, juntemos las mismas para que nadie se caiga y así podemos ayudar a los que lo necesiten y no seamos sosos, sino que se nos note que damos sabor a la vida.
No quisiera acabar sin tener un recuerdo emotivo y cariñoso a la familia del seminario y del seminarista que ha fallecido recientemente. Todas las muertes merecen un recuerdo, pero esta por el espacio que nos ocupa, hoy tiene su sitio.
Hasta la próxima

Paco Mira

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