viernes, 8 de agosto de 2014

EL GIMNASIO, EL PARO Y LA HUMILDAD

EL GIMNASIO, EL PARO Y LA HUMILDAD
           

            El verano da para mucho. No solo da para la playa, para el chiringuito, para los amigos, para hacer aquello que normalmente no hacemos, sino que incluso da para cosas insospechadas. Estos días, leyendo  un medio de comunicación, me encontraba una noticia que me resultaba paradójica: el 67% de la gente en paro, en edades comprendidas entre los 20 y 45 años, va al gimnasio. Por un momento pensaba que era una oferta gratuita de alguna empresa que regalaba sesiones para dar culto al cuerpo, pero no. Son sesiones que hay que pagar y además y por lo visto no es nada barato.

            No sé si el paro es condición indispensable para ponerse en forma; no sé si estando en el paro es obligación ir al gimnasio; no sé si para encontrar trabajo hay que estar en forma y por ello hay que ir al gimnasio. Hay algo que se me escapa; hay algo que no entiendo y es que si los gimnasios no son baratos, si el paro apenas llena a una economía crítica, tenemos tiempo para ir a un gimnasio que no nos regala las horas que allí estamos.

            Este fin de semana, a parte de celebrar el XIX del tiempo ordinario, es también San Lorenzo. Y me viene a cuento, porque no fue a un gimnasio y sin embargo su cuerpo tuvo un culto que no quisiéramos ninguno de nosotros, pero que sin embargo le sirvió para entrar en el reino de los cielos. Un reino no como lugar geográfico pero sí como lugar al que deberíamos de aspirar todos. Lorenzo fue el prototipo de diaconado, fue el camarero de Dios en la tierra; fue el servidor de los pobres, con los pobres y para los pobres; fue el ejemplo de entrega para otros, fue el claro testimonio de donación corporal sin levantar pesas, sin hacer abdominales, sin hacer pectorales, sin… ir a un gimnasio.
            Me da la impresión, a veces, que los que nos llamamos testigos de Jesús, necesitamos dar un golpe de efecto, necesitamos una grandiosidad para decir que Jesús está presente.
Me resulta curioso como Elías, en el Horeb, pensaba que Dios iba a pasar “cual rama en Agaete”, y sin embargo Dios pasó en una brisa suave, casi sin notarse. Dios no necesita ningún gimnasio para darnos la mano y sujetarnos si nos caemos.
            Es curioso como hasta lo más poderosos, han de tener una dosis de humildad para poder reconocer nuestra debilidad, nuestra flaqueza. Pedro, farruco él, le dice a Jesús que le haga caminar por el agua. Claro, Pedro se hunde, porque su fe no es lo suficientemente sólida como para ello, “¡con lo fácil que debe ser!”, pero bueno si lo intentamos vamos por el buen camino.
            Creo que ahora estamos viviendo momentos complicados: paro, economía mala, guerra… y muchos de nosotros hemos acudido al Padre, si no a pedirle explicaciones, por lo menos  a que nos echara una mano. Lo más probable que en más de una ocasión nos hemos preguntado por qué a mí señor; en más de una ocasión nos han dado ganas de romper la baraja, de tirar la toalla y decir se acabó, hasta aquí hemos llegado.

            Sin embargo es en estos momentos de hundimiento, en momentos de dificultades en los que hay que hacer como Pedro, “Señor, sálvame”. ¿Saben?, Dios nunca deja que sus hijos de ahoguen, ¿han notado alguna vez la mano de Dios agarrándonos para que no nos hundamos?. Seguro que con la fe no nos hundimos. Ya podrán llegar retos de familia, de economía, de salud… que siempre que acudamos a nuestro hermano él siempre estará con nosotros, a nuestro lado.
            El va a ser el único salvavidas. Ojalá que tengamos la valentía suficiente de reconocerle; que tengamos la valentía de llamarle, que tengamos la valentía de anunciarle y de proclamar, Jesús sálvanos y seguro que su mano siempre va a estar rauda y veloz para que no nos hundamos. Aunque estemos en verano, démosle gracias, siempre habrá un motivo, aunque este sea pequeño. Merece la pena.
Hasta la próxima

            Paco Mira

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