viernes, 14 de noviembre de 2014

¿TOLERANCIA CERO?


¿TOLERANCIA CERO?
            Digamos que es una frase muy común para ciertos acontecimientos de la vida. Para diversas fases en las que nos movemos y según qué circunstancias, la tolerancia debe ser nula. Claro, si resulta que en el calendario me encuentro que este domingo es el día internacional de la tolerancia, luego entiendo que de nulidad poca y al contrario, hay que ser un montón de tolerantes. ¡ a veces, esto no hay quien lo entienda!.
            Pero si queremos rizar el rizo, resulta que este fin de semana es el día de la Iglesia Diocesana. Esa gran desconocida o esa tan cercana que… tampoco la conocemos. Me gustaría quedarme con ella. Me gustaría quedarme con esa Iglesia llena de santos y pecadores, que decía Agustín, aquel santo de Hipona. Me quedo con mi Iglesia, con nuestra Iglesia, llena de curas viejillos, canosos, achacosos, que tiene que ir al médico cada dos por tres. Me quedo con la Iglesia de unos pocos seminaristas que se llenan de ilusión cuando ven a los que ya están; con los curas que han sido ordenados recientemente… ¡que hermosa es mi Iglesia imperfecta!.
            Y es hermosa esta nuestra Iglesia, la universal, pero en especial la diocesana porque está compuesta por hombres llenos de defectos, que se equivocan, que se tropiezan y caen… pero que tienen la capacidad de reconocer , a veces, su error y levantarse y hacer propósito de enmienda para no volver a caer.

            Me gusta mi Iglesia de ilusiones que no se han cumplido o que cuesta cumplirlas. Me gusta mi Iglesia que sueña que las cosas pueden ser mejores pero que tenemos que conformarnos con lo que tenemos. Me gusta esa iglesia llena de mujeres currantes, de laicos comprometidos, de seglares que llaman a un diaconado permanente o de ex­ curas que quieren volver a ser lo que algún día fueron y que la legalidad ilógica no les permite. ¡ que grande es mi Iglesia!.
            Por eso este fin de semana nos tendríamos que felicitar todos los que creemos y seguimos el camino de Jesús de Nazaret. Y tendríamos que felicitarnos porque cada uno, dentro de esta nuestra iglesia, tenemos que explotar los dones; tendríamos que sacar el máximo de los rendimientos, como la parábola del evangelio. Malo es el que se conforma con lo poco, cuando el trabajo es tanto.
            Tenemos a nuestra Iglesia donde a veces nos hacemos, por el roce, heridas sangrantes; heridas que tenemos que ponerle todo el antídoto suficiente para que no se infecte. Seamos valientes y apliquemos, aunque nos duela, la cura correspondiente. El alcohol que pica como señal de que está curando. Seamos capaces de reconocer que nuestro error puede ser claro para el hermano y al mismo tiempo gratificante para nosotros mismos.
            Quiero cultivar a mi Iglesia: regarla, podarla, abonarla… es fácil contratar jornaleros que hagan un trabajo que yo puedo hacer, pero que supondría el mancharme las manos. Muchos tienen manchadas las manos de amor, de solidaridad, de fraternidad… ojalá que nunca se las limpien porque ello significa que seguimos en la huerta de la vida al lado de mi querida Iglesia. Que nadie nos pueda achacar que los pobres, los tristes, los desvalidos… son unas bienaventuranzas escritas en un papel, pero que no tiene aplicación práctica. Nunca nos quitemos el mono de trabajo en nuestra querida Iglesia. Nunca dejemos de trabajar por los demás. Acabemos agotados la jornada, eso significa que seguimos en la senda de la vida.
            En algo tenemos que diferenciarnos de los otros, de los que no tienen a Jesús como referencia en su vida, para ello hagamos nuestras las palabras de Pablo cuando le escribe a la comunidad de Tesalónica y les dice “ no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados”. Por eso creo que también tenemos que conjugar el verbo tolerar, y con los que tenemos al lado a practicarlo. Pues ya sabemos. Felicidades mi Iglesia, nuestra Iglesia.

Hasta la próxima
            Paco Mira

  

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