jueves, 15 de octubre de 2015

PROPAGAR LA FE SIN VELOCIDAD


PROPAGAR LA FE SIN VELOCIDAD
              Cuando uno era más chico que ahora, en el colegio,  recuerdo con cierta nostalgia la llegada del día del Domund. Recuerdo que nos ofertaban unas huchas, algunas con fotos de niños de otro color, y a lo largo del fin de semana quedábamos un par de compañeros para intentar llenar aquella hucha que, por otra parte, parecía no tener fondo. Era curioso que tenía como un sello de plomo para que no hubiera tentación para los amigos de lo ajeno. Pero creo que estos no se atrevían, por la situación política de la época,  con tan buena y maravillosa causa.
            Al mismo tiempo, el Domund,  era una disculpa para que tus padres, en un sistema austero de educación, te dejaran salir a la calle para una tan buena y noble causa. Claro ahora, ya no se ven huchas; da la impresión que hay que pedir de otra manera: quizás una cuenta bancaria, quizás un programa de no se qué solidario, quizás un donativo personal.... pero todo aquello que huela a fomento de solidaridad religiosa, de entrega, de generosidad, ... no tiene que ser muy abierto.
            Es curioso como hoy, siglo XXI, en que la velocidad de los ordenadores es casi ilimitada; hoy que en tu casa te ponen fibra óptica y con no sé cuantos megas de velocidad; hoy que mandas un mensaje y al momento llega a las antípodas de donde estamos, incluso guardamos datos en una nube (¡ay si Heidi levantara la cabeza!).... hablamos de propagar la fe, como el que planta fuego en algún lado y éste se propaga, y como tal fuego hay que apagarlo.
            Es significativo como hay cosas que no van con la modernidad, porque nunca han pasado de moda y no tienen por qué ir a la velocidad supersónica de no se qué aparato: el diálogo familiar no necesita de nuevas tecnologías y de mucha velocidad; el tener tiempo
para compartir no necesita de muchos megas, más bien de cierta dosis de tranquilidad; el tener paciencia con los mayores, no necesita de grandes fibras ópticas; el que visita a los enfermos no necesita de muchas cuñas para poder hacerlo.... y en el fondo estamos hablando de domund, de propagar la fe sin velocidad.
            Claro, propagar la fe requiere dosis de ternura, de cariño, de comprensión... en el fondo de misericordia. Propagar la fe no es algo que tiene que salir en tirada como los periódicos que cuando acaban de leerse su destino más cercano probablemente sea la cesta de los papeles. Propagar la fe es tomarse en serio una revolución pacífica que puede acabar, a veces y por desgracia, en tragedia. Propagar la fe es anunciar un mensaje, que no necesita cuñas ni padrinos, sino que el ejemplo propio de vida, es lo más serio.
            Eso no lo entendió la madre de los Zebedeos, que quería cuña para sus hijos. Jesús lo deja claro, ser misionero es dar la vida en rescate de muchos y ponerse a la mesa a servir y no a ser servido. Hoy la misión quizás ya no esté en la fotografía de las huchas que me daban a mí de pequeño. Hoy la misión no solamente estará en la puerta de al lado de mi casa, sino en mi casa: en mi hija, en mi familia, en mí mismo.
            Hoy el misionero ya no es el que enarbola una gran cruz y habla en nombre de no se quien y el que no entre por el aro lo más probable es que acabe en la hoguera del convento más cercano o en las mazmorras más oscuras que nos podamos imaginar. Hoy el misionero es el que enarbola la bandera de su vida convicente y tiene como estandarte al propio Jesús de Nazaret,  como compañero de fatigas y de viaje. Hoy el misionero es el que con misericordia es capaz de provocar una revolución y que todos sean capaces de seguirlo porque les convence.
            Misioneros somos todos y todos estamos llamados a ello. Quizás nos meta miedo, quizás no estemos convencidos del todo, pero es que el propio Jesús tampoco convenció a todos. Hoy nosotros somos la imagen de la hucha.
            ¿Somos misioneros?

        Hasta la próxima
            Paco Mira


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