jueves, 26 de noviembre de 2015

SI ES LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE, POR FAVOR... ¡CUIDÉMOSLA!


SI ES LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE, POR FAVOR... ¡CUIDÉMOSLA!
        La vida nos sigue ofertando posibilidades. La vida se busca el camino para que el hombre no se quede sin la opción de poder llevar a cabo aquello que anhela dentro de las maneras adecuadas. En este maravilloso marco, la Iglesia, nuestra Iglesia, levanta el telón del adviento, levanta las ganas de insuflar lo último que dicen que se pierde que es la esperanza. ¡Que bonita palabra!. Esperanza, lo que no es pero se anhela, lo que quiero pero todavía no poseo, pero que sin embargo me hace vivir en una tensión constante.
        Quizás es lo que nos falte a los cristianos de a pié: la tensión constante para mantener siempre viva la llama. Vivimos momentos convulsos, de incertidumbre, casi de tiempos apocalípticos no reflejados en la Biblia con la claridad que están ocurriendo, pero a lo mejor anunciados en alguno de los evangelios como el caso de Lucas. Quizás estos tiempos convulsos nos estén llevando a los cristianos a agazaparnos y a no ser capaces de dar razón de nuestra esperanza. Quizás los tiempos que corremos son tiempos de profunda crisis de identidad y que más que nunca tendremos que apelar a la valentía que decimos que nos caracteriza.
        El Papa Francisco viajó estos días a la tierra de la esperanza. Viajo a la tierra de la pobreza. Viajó a encontrarse con el pobre y el desvalido, con quien no tiene nada y por eso todo lo espera, porque sus corazones están atentos a recibir aquello que le llena de vida. El pobre, el humilde, el sencillo es el que es capaz de no tener su corazón ocupado en aquello que no le conviene, por eso es capaz de dar razón de aquello que espera.
        Hemos acabado el año, litúrgico, claro. Quizás es la mejor manera de echar un vistazo, a lo mejor de reojo y ver lo que hemos podido hacer y lo hemos dejado pasar. No se trata de tomar las uvas, porque litúrgicamente no corresponde, pero sí de comprobar que hace exactamente un año pedíamos un montón de deseos, sobre todo mirando a una ciudad como la de Belén, donde se iba a producir un acontecimiento único y casi inexplicable.
        Por eso es el momento de tener la mente fría, corazón caliente, para no quedarnos mirando hacia atrás. Es el momento de no tener, como dice Lucas (Lc 21,25) en su evangelio de este fin de semana, la cabeza embotada, no vaya a ser que se nos eche encima aquel que dijo que estaba cerca. Hoy en día los acontecimientos no nos llevan a tener la mente despejada, pero nuestro mensaje tiene que ser de todo lo contrario.
        En la vida que nos ha tocado vivir no hay caminos maravillosos, sino caminantes inigualables. Gente que nos da la mano y a veces sin pedirla; gente que desde el anonimato quiere vivir la misma experiencia que nosotros y que nos pide que no seamos pesimistas, sino todo lo contrario, que les ayudemos a llevar la esperanza que les da ánimo en la vida.
       
El adviento es un tiempo que no solo nos invita a la esperanza, sino a la búsqueda de la verdad. Es un tiempo maravilloso, es un tiempo en el que Dios quiere salir al encuentro de cada uno de nosotros para, precisamente, caminar con nosotros.  No le demos la espalda, no soltemos la mano del que nos invita a recorrer el mismo camino que nosotros.
        La esperanza es lo último que se pierde. Seamos capaces de cuidarla; seamos capaces de alimentarla; seamos capaces de decirle al mundo que lo que nosotros esperamos tiene sentido y creemos en ello. Vaya mi recuerdo para los que han celebrado esta semana la jornada de sensibilización de personas sin hogar. Con nosotros a su lado, su esperanza puede ser mayor.
        Felicidad en el adviento
       
        Hasta la próxima
        Paco Mira


viernes, 20 de noviembre de 2015

CADA VEZ LO TENGO MÁS CLARO: SU REINO NO ES DE ESTE MUNDO


Lo llevo diciendo desde hace tiempo. Estamos en un mundo que cada vez se valora menos lo más fundamental del ser humano, como es la vida. Nos da igual lo que suceda y como suceda. Miramos para otro lado mientras no nos toca un poco cerquita de donde nos encontramos. Y nos toca de cerca porque es el país de al lado. Vaya para ellos mi admiración, mi respeto y sobre todo mi solidaridad. Sin embargo llevamos un tiempo en que en los mares de nuestro mundo sigue habiendo naufragios y casi nos hemos acostumbrado a ellos; llevamos tiempo viendo como a los seres humanos se les sigue arrebatando lo más preciado como son sus raíces, su familia, su hogar, su tierra... y tienen que deambular en medio de otra marea humana que lo único que hacemos es discutir si tenemos espacio para ellos. Llevamos tiempo viendo como los seres humanos siguen muriendo de hambre, cuando hay comida, pero mal repartida, para todos y cada uno de los que vivimos en este mundo llamado tierra.
Por eso creo que "su reino no es de este mundo". Porque el reino de Jesús de
Nazaret, ni por asomo, se parece a lo que nosotros decimos que mimamos. El reino de Jesús es un reino de Vida, de justicia, de paz, de amor, de alegría... y mi pregunta es si eso se está dando en todos y cada uno de los países de nuestra tierra. Jesús le dice a Pilato que si su reino fuera de este mundo hablaría como los de este mundo, y.... ¡cual largo me lo fiáis, mi querido Sancho!, le dijo el Quijote. ¡Qué hipócritas somos!. Mientras nos seguimos reuniendo para ver qué podemos hacer, en vez de hacer sin necesidad de tener que reunirse.
Este fin de semana, en el que conmemoramos la Santa Cecila, la patrona de los músicos, me gustaría que todo el año pudiésemos entonar la parte del Himno a la Alegría de la novena sinfonía de Beethoven. Eso significaría que la alegría está presente en nuestras vidas; me gustaría entonar una sinfonía del nuevo mundo, como la de Dvorak, porque eso significaría que el mundo nuevo, lo nuevo de lo que no tenemos o no queremos tener es posible. O simplemente quisiera vivir en una continua primavera como Vivaldi.
      ¡Qué hermoso, sería, que la vida estuviera acorde a la música que nos toca vivir, irradiando vida, con vida y para la vida!.
Este fin de semana, también, es el encuentro de las familias en nuestra Diócesis. Por aquí tenemos que empezar. Tenemos que empezar por inculcar en nuestras familias que la paz, la vida, el amor, la justicia, la verdad... es posible. Que la convivencia entre todos no es una utopía sino una realidad de la que todos somos partícipes. ¡Qué bonito sería que nadie hablase en condicional, sino en presente y con rotundidad!. Eso significaría que las cosas se van cumpliendo y se van haciendo.
Que bonito es ver como el reino de Jesús no se sustenta en la fuerza, ni en la violencia, ni en nada que someta al hombre. Su reino es un reino de verdad que nos hace libres. Un reino de amor en Dios que nos tiene que hacer amar a los demás porque los consideramos como hermanos; un reino de justicia solidaria y un reino de libertad responsable, algo que por el momento nos está quedando muy lejos.
Amigos, creo que otro mundo es posible. Un mundo donde brille la honradez, el respeto la igualdad de derechos y garantías de todos los humanos. La bondad por encima de todo y la ayuda a todo el que sufre. Si eso es así creo que su reino puede ser el de este mundo. Tenemos que hacerle sitio, hueco, que tan difícil no es.
Hasta la próxima
Paco Mira



viernes, 13 de noviembre de 2015

LETRÁN-DIÓCESIS DE CANARIAS: EN LAS ALEGRÍAS Y EN LAS PENAS, EN SALUD Y ENFERMEDAD...

LETRÁN-DIÓCESIS DE CANARIAS: EN LAS ALEGRÍAS Y EN LAS PENAS, EN SALUD Y ENFERMEDAD...

            Se está acabando el año litúrgico y la Iglesia, a nivel universal, nos invita a mirar hacia adentro. A través de Letrán, de esa enorme basílica construida por orden de Constantino para dar a entender que las persecuciones no tenían sentido, la Iglesia quiere que nos pongamos delante del espejo. Al mirar hacia él no nos vemos nada más que a nosotros mismos; nos vemos tal y como somos; nos vemos en nuestras arrugas y en nuestras grandezas; nos vemos en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad... nos vemos.
            ¿Pero qué vemos?. Deseo ver la Iglesia, quiero ver la Iglesia de los dos Franciscos: por un lado el de Asis que quiso una Iglesia pobre, de los pobres, con los pobres y para los pobres. Donde no había que llevar nada para el camino: "ni alforja, ni sandalias...." Y deseo que se consolide la Iglesia del Francisco argentino actual. También quiere una Iglesia que se reforme, una Iglesia que pueda cambiar, una Iglesia que tiene que dar ejemplo a pesar de muchas dificultades, una Iglesia no al uso, una Iglesia que le cuesta ser de otra manera y él lo intenta.
            Pero claro, ¡qué fácil es decirle a los demás lo que tienen que hacer!. Este fin de semana es también el día de la Iglesia doméstica. Es el día de esa Iglesia familiar donde hay que consolidar los cimientos de las grandes aportaciones de muchos fieles. La iglesia doméstica también tiene que mirarse al espejo, tiene que verse a si misma y preguntarse si lo que le exige a la Iglesia institución es lo mismo que ella cumple. Es cuestión de plantearnos que en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad también la Iglesia doméstica tienen que mirarse al espejo.
            Me gustaría que mi conferencia episcopal, que mi iglesia diocesana canaria, que mi " Letrán" particular, de acento meloso que se distingue allá donde va, sea una iglesia igualitaria, donde se brinden oportunidades de hacer valer las palabras de Jesús en el evangelio de esta semana, "sus palabras pasarán, pero mis palabras no"; me gustaría una Iglesia transparente, donde cualquiera que abra el cajón no se encuentre con la trampa que te pilla los dedos y te deja sin ellos; me gustaría una iglesia donde los hombres y mujeres puedan desempeñar las mismas funciones y no nos escandalicemos por ello; me gustaría una iglesia que cuida, mima, apoya y anima a todos aquellos que desde su sabiduría son capaces de aportar validez al mensaje de Jesús de Nazaret.
            Me gusta la Iglesia que es capaz de pedir perdón, "hasta setenta veces siete", es decir siempre, porque el perdón es vital para la salud, porque quien no perdona no tiene comunión con el Dios del amor. No nos echemos en cara que en el pasado hemos cometido abusos, que pueden ser reales: el perdón tiene que ser la esterilización de heridas que no queremos que cicatricen. Me gusta una Iglesia donde la autoridad es corresponsabilidad y donde la corresponsabilidad de manifiesta en una familia de fe, que aun a pesar de llevar distinto paso, caminan en la misma dirección. No nos olvidemos que el perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza; y curación, donde el dolor ha causado enfermedad. Por eso no quiero una Iglesia enferma. Quiero una Iglesia llena de vitalidad a pesar de las dificultades.
            Por ello sigo queriendo a mi Iglesia, a nuestra Iglesia. La quiero en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas... porque sin duda, la grandeza de la caída está en la capacidad de levantarnos, pedir perdón con el corazón y no con los labios y continuar nuestro camino.
            Quiero a mi Iglesia diocesana. Quiero a mi familia en la fe. Quiero a mi Letrán particular. Quiero  a quienes desde su vocación particular son capaces de anunciar que Jesús de Nazaret sigue vivo y su mensaje sigue mereciendo la pena.
           
            Hasta la próxima
            Paco Mira



viernes, 6 de noviembre de 2015

SABER MIRAR A LA CARA

SABER MIRAR A LA CARA
         ¡Cómo pasa el tiempo: ya estamos en Noviembre!. El tiempo, como la vida, es implacable: no vuelve atrás ni para coger impulso. Quizás también sea bueno, de vez en cuando mirar de reojo, no vaya a ser que se nos hubiese caído algo y hay que recogerlo. A lo mejor hay que recoger aquello que nosotros mismos hemos tirado, queriendo o sin querer.
         Hoy el evangelio - como siempre - nos vuelve a dar una bofetada. Jesús es una persona implacable en sus afirmaciones, en sus gestos y sobre todo en su vida diaria. Hoy Jesús calla, observa, mira y lo más probable es que no juzgue, sino que sean los propios protagonistas de la historia los que nos juzguen desde el silencio  a nosotros.
         La vida, a veces, aún siendo hermosa y bella, es implacable. A lo largo de la historia quizás no haya sigo justa con algunos: en la antigüedad el ser viuda era estar condenada al fracaso. En una sociedad machista, el quedarse sin marido, era símbolo de ser expulsada de una comunidad con todo lo que conllevaba eso: perdida de dignidad, de derechos, de autonomía.... ser expulsada era dejar atrás ilusiones, anhelos, alegrías, esperanzas.... y ser expulsada era estar dispuesta a insultos, bochornos, malas miradas, desprecios... triste pero cierto
         ¡qué raro que nosotros, ciudadanos del siglo XXI critiquemos dentro y fuera de nuestros templos!. A veces da la impresión que los que estamos dentro somos los mejores, los intocables, los únicos, los verdaderos, somos... los escribas, somos los que iban al templo con los mejores trajes para que la gente los viera y somos los que echamos en los cepillos y colectas para que la gente vea que cumplimos con la obra de misericordia, ayudar a la Iglesia en sus necesidades. Claro, quizás nos estemos olvidando que puede que la Iglesia se atienda sola y que nosotros nos olvidamos que el que tenemos al lado tiene nombre y apellido y quiere que le miremos a la cara..
         La viuda que se acerca al templo nos da una lección. Una lección de humildad. Hace una semana leíamos las bienaventuranzas, ahora la humildad se hace carne en el ejemplo de una viuda. ¡cuántos hoy se acercan, desposeídos, andrajosos, quizás mal olientes....a nuestros templos y cambiamos de banco o mal juzgamos las intenciones de sus limosnas!. Quizás no sea mucho lo que echan, pero lo hacen de lo que a nosotros quizás nos falte, desde el corazón. Tenemos que mirar más hacia el interior y no quedarnos con lo externo. Es curioso como el texto de Marcos (Mc 12,38) dice que Jesús, sentado, observaba a la gente. Tenemos que mirar más a los hermanos. Sin duda, saber mirar es también saber amar. Quien no mira desde el interior hacia el interior no ama interiormente.
      
   Pero saber mirar y amar es saber valorar. Jesús valora el coraje de aquella pobre viuda que quizás tenía denegado el acceso al templo, precisamente por ser viuda. ¡ Cuántas ordenes damos nosotros!. Cuantas ordenes damos los que estamos dentro y no justificamos las mismas. Cada uno de nosotros tiene su propia manera de generar vida en la vida. Nosotros no somos quienes para decirles que se equivocan.
         Y quizás unas de las características más importantes es que la viuda da de lo que tiene, comparte lo es. No comparte de lo que le sobra, comparte su propio ser, puesto que no está el horno para muchas florituras. ¡Cuántas disculpas baratas nos da la crisis!. Es verdad que la crisis no da para mucho juego, pero tampoco  es una disculpa para lavarnos las manos. La viuda es un ejemplo a seguir, los desahuciados también nos dan lecciones, nosotros qué hacemos?

         Hasta la próxima
         Paco Mira