viernes, 4 de marzo de 2016

CORRER PARA ABRAZAR, SIEMPRE ESTA DE MODA


         Estamos en el año de la misericordia. A veces, cuando celebramos las
cosas deberíamos pensar un poco lo que hacemos y celebramos. Seguro que la semana que entra celebraremos el día de la mujer trabajadora, y para muchos será un día más; será un día en que volveremos a levantarnos y nos acostaremos y quizás no signifique más de lo que es; la semana que viene también se celebra el día de san Juan de Dios: muchos harán su vida normal y no pensaremos en exceso en los niños, jóvenes, adultos... que están en una ciudad que lleva por nombre San Juan de Dios.
         Estamos en el año de la misericordia y solamente llevamos tres meses, casi cuatro, desde que lo inauguramos y me da la impresión que la palabra misericordia la dejamos para el diccionario de la real academia española, pero que muchas veces o casi nunca la traducimos a la vida real, en casos concretos, en hechos palpables y en situaciones de la vida diaria. Misericordia, ¡qué palabra más bonita!. No es una palabra más, es la palabra que tiene que guiar la motivación de los que nos llamamos cristianos.
         Este domingo, Lucas, en su capítulo 15, nos cuenta una historia preciosa para entender lo que es la misericordia. Creo que el diccionario de la Real academia, si pusiera esta historia, se ahorraría las definiciones que a veces son indefinición. Es curioso como Lucas habla de un padre, que no dice que no. Un padre al que los hijos, o uno de ellos, lo pone contra las cuerdas y le dice que ¡ya está bien! y que se va. ¡Cuántos de nuestros hijos hacen lo mismo!. El problema está en la respuesta que los padres damos de vez en cuando: "es tu problema, allá tú lo que haces, después no me digas nada...". La historia no está en el hijo, sino que cuando intentan volver, pues.....
         Lo que más me llama la atención de la parábola de Lucas, es la carrera del Padre. Quizás no estuviera bien de vista porque en aquella época las condiciones médicas no eran las mejores, pero seguro que intuyó, seguro que atisbó, seguro que olió a carne de su carne y sangre de su sangre y no dejó que se acercará: echó a correr no a reprochar, sino a abrazar.
         La iniciativa del Padre, es la iniciativa de nuestro Dios. ¡Cuántas veces nos atascamos en papeles burocráticos!. No hace mucho, nuestro amigo Santiago Agrelo decía que no "tienen papeles, pero tienen hambre". El mundo necesita más cercanía, necesita más olor los unos de los otros, necesita más abrazo. El mundo no necesita preguntas del por qué se hacen muchas cosas. Quizás las respuestas no hay que buscarlas en ningún manual. El mundo necesita muchas veces gestos que significan un montón de sentimientos.
         El Padre de la parábola, lo más probable es que no dejó que el hijo hablara. Le diría , " ¡cállate!. No te preocupes. Olvídate de lo sucedido. Báñate, ponte ropa limpia, hagamos una fiesta". ¡No me digan que no es bonito!. Lo más probable es que nosotros pediríamos explicaciones, manifestaríamos nuestras inquietudes, como cualquier padre; lo hizo hasta María "¿Dónde estabas?. Tu padre y yo te andábamos buscando".
         Los abrazos no necesitan palabras de explicación. Los abrazos sinceros hablan por sí mismos. Nuestro mundo necesita de nuestros abrazos. Necesitamos gesticular más y pedir menos explicaciones. Necesitamos ejercer más la misericordia, no por pena, sino porque sentimos que lo que a nosotros nos conviene, también podemos compartirlo.
         No es la parábola del hijo pródigo, es la parábola del Padre que siempre sale al encuentro del que lo necesita. Es la parábola del Padre que siempre tiene los brazos abiertos para abrazar a todo el que lo necesita. Es la parábola que nos permite cantar con el salmista, " gusten y vean que bueno es el Señor". Es que con un Dios como el nuestro, siempre tiene que estar de moda el correr para abrazar.
        
        
         Hasta la próxima
         Paco Mira



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