viernes, 28 de julio de 2017

INDIANA JONES ENCONTRÓ SU TESORO. NOSOTROS, ¿LOS ABUELOS?

INDIANA JONES ENCONTRÓ SU TESORO. NOSOTROS, ¿LOS ABUELOS?

Déjenme que por una vez eche la vista atrás: el 26 se celebraba la
festividad de Joaquín y Ana. A muchos les sonarán los nombres, otros se preguntarán quienes son y qué tienen que ver aquí. Les diré que la tradición marca a estos dos personajes como los padres de María, nuestra madre en la fe y por lo tanto abuelos de Jesús de Nazaret. No nos olvidemos que hablamos de una tradición. Sea como fuere, fue el día de los abuelos: ¡qué bonito!. Es por ello que me gustaría, en parte, dedicarles unas letras a esos personajes que a veces son vilipendiados o incluso menospreciados.
Quiero reivindicar la figura de Concha, Francisco, Isidoro, María, etc..., los míos y tantos y tantos abuelos que ya no están con nosotros; tantos y tantos abuelos que siguen estando con nosotros y a los que los... nietos, hijos... no saben, no quieren valorar su enorme esfuerzo, abnegación, entrega, generosidad, sonrisa, paciencia, tiempo, lágrimas en silencio, noches en vela - en algunas ocasiones - paseos que no estaban previstos en la agenda de ellos, comidas complacientes a nietos que no comparten con ellos besos y abrazos, etc....
Alguien me dijo en alguna ocasión que los abuelos son los que más nos quieren y que los nietos son a los que peor los tratamos. Me gustaría hacer como un acto de valentía familiar: coger, abrazar, acariciar, besar, mirar a la cara... a todos y cada uno de los nuestros abuelos; que de verdad ejerzamos como verdaderos nietos; que seamos capaces de devolver parte de lo que ellos nos dan. Abuelos, a veces también, a los que la enfermedad hace que nuestro cuidado tenga que ser mayor y casi exclusivo.
A veces me da la impresión que tomamos a nuestros abuelos como una obligación para con nosotros. A veces los hijos tienen nietos pensando que tienen abuelos que los cuidan. Reivindico, también, el derecho que los abuelos tienen a decir que no en más de una ocasión y que no nos tiene por qué parecer mal. Reivindico el derecho de los abuelos a no cuidar de los nietos en más de una ocasión. Normalmente los abuelos son los jubilados de la familia, pero eso no le da derecho a la familia a obligarle a cuidar de los más pequeños.
Esta semana el evangelio nos habla de un tesoro escondido. Casi me recuerda a las películas de Indiana Jones. ¡cuántas peripecias pasó el pobre o el gran Indiana!. Los abuelos son un tesoro al que hay que ponerles un pedestal. El que encuentra el tesoro vende todo lo que tiene y compra el campo. Me gustaría saber cuantos de nosotros dejamos todo lo que tenemos que hacer los fines de semana, o por la semana para estar, compartir, salir... con los abuelos; llevarles a compartir con nosotros, lo mismo que nosotros hacemos... Probablemente lo que hacemos es preguntar si ellos pueden o decirles te dejo... los nietos sin posibilidad de respuesta negativa por parte de ellos.
Para nosotros, nuestro tesoro, es el Reino de los Cielos. Para Indiana no fue fácil dar con él, tuvo de sortear infinidad de obstáculos, tuvo que luchar contra infinidad de enemigos!... ¡Qué poquita diferencia con el Reino actual!: no es fácil anunciar la buena nueva en medio de tantos peligros, contrariedades,
dificultades y adversidades. Y sin embargo tenemos y debemos salir adelante, porque el premio merece la pena.
¡Cuántos silencios los de nuestros abuelos!.¡ Cuántas meditaciones interiores- como los de Ignacio de Loyola - para poder sacar adelante a una familia en medio de penurias!. Eso es encontrar un
tesoro. Es encontrar lo realmente válido en la vida y no hay que ir muy lejos, sino que se puede tener en la familia.
Amigos, ojala que, en medio del verano, seamos capaces de valorar aquello que tenemos y que tenemos como importante; ojala que seamos capaces de apreciar lo bueno, generoso, enorme... de unos corazones que probablemente se vayan fatigando por la edad y los esfuerzos de la vida, pero que siguen latiendo al cien por cien en favor de los nietos y de los hijos.
Hasta la próxima y feliz verano
Paco Mira

viernes, 21 de julio de 2017

MATAMOROS Y LA CIZAÑA

MATAMOROS Y LA CIZAÑA
No me voy a mete en camisas de no sé cuantas varas, ni en juzgar ciertos programas televisivos aunque creo que todos tendríamos motivos para ello y sobre todo por el apellido y el nombre con el que titulo mi reflexión de esta semana. Seguro que a todos nos viene a la mente algún personaje que aparece en la televisión, que incluso tiene que ver con la cizaña. Pero no quiero ir por ese camino, aunque a veces es inevitable.
Mi abuela, que era muy sabia, de esas sabidurías que los palos de vida van curtiendo a las personas, que la vida te va examinando y sin avisarte
previamente, siempre me dijo "Paco, no hay que juzgar a las personas por las apariencias". Y probablemente en la mayoría de los casos tenía razón, aunque también he de decir que a veces la apariencia no deja de ser un termómetro que nos indica la calidad de la gente que nos rodea.
Y creo que lo de las apariencias tiene que ver con nuestro amigo Santiago cuya onomástica celebramos la semana que entra. No sé cómo ni de que manera se le ha puesto el apelativo de matamoros, puesto que probablemente no haya matado ninguno y es más: el acabó peor que muchos que no lo son. Probablemente todo entra en un mundo dominado por espíritu que desgraciadamente se me antoja que es de desprestigio, aunque este calificativo tenga muchos años.
El evangelio de este fin de semana nos habla de la cizaña. Y ¿saben?: yo creo que la cizaña no es mala en ciertos momentos: la cizaña nos hace apreciar lo bueno que tenemos que saber valorar y preservar de aquello que no lo es. La
cizaña nos hace ver lo que tenemos que conservar sobre aquello que no sirve, por el eso el evangelio dirá: déjenlos crecer juntos hasta la siega.
Algo parecido tiene que pasar con Santiago, nuestro Apóstol. Los santos, los mártires, no son imágenes de escayola, de madera - que también - que colocamos en las peanas de nuestras iglesias, que a veces encendemos una velita, o colocamos un ramito de flores, a los que dedicamos, de vez en cuando, una oración.....
Los santos, los mártires - lo dije ya en alguna ocasión - son esas personas con las que nos encontramos todos los días en la calle, en casa, en el trabajo.... que su vida es ejemplo a imitar y a seguir: Su vida probablemente no aparezca en la lista de los mártires de una forma oficial y quizás no tenga un día en el calendario al que podamos acudir con cierta frecuencia. Los santos anónimos quizás sean más que los reconocidos oficialmente, pero tienen el mismo valor que los demás.
Santiago ha logrado hacer un camino. Muchos lo siguen: por devoción, por deporte, por promesa, por fe, por curiosidad... pero cualquiera que sea la motivación el camino siempre tiene un final: Santiago, el apóstol, el ejemplo, el testigo, el que, sin saber por qué, deja huella y dice, en el silencio del camino, siempre algo que al que lo hace le interroga y le interpela.
Santiago, también nos dice que en la vida, en su camino hay cizaña. Muchos tenemos que convivir con ella. La vida, dentro de la crudeza con la que a veces nos despierta, es bella y en ella conviven los santiagos de la vida y la cizaña que crece junto con ellos. El evangelio, las buenas noticias, el ejemplo de los santos.... son los que nos tienen que hacer ver que rastrojos tenemos que quitar y quemar y ver cuales son aquellos que no nos estorban.
Ya ven que mi reflexión no iba por la televisión, aunque en ella también podemos encontrar mucha cizaña y mucha buena noticia. No nos dejemos embaucar por aquello que es efímero. Probablemente no , seguro, la cizaña no necesita mucho cuidado para crecer, para desarrollarse, no necesita mucho abono para ello. Quizás lo bueno, las buenas cosechas necesitan mucha más atención y vivimos en un mundo en el que no estamos para cuidados.
Felicidades a todos los que tienen por nombre  Santiago; a los que Santiago protege como patrón y que sigamos el ejemplo que él nos marca.
Hasta la próxima y feliz verano
Paco Mira

viernes, 14 de julio de 2017

¡ PUES YO NO COGÍ NADA!. ¡MARÍA, SÍ. Y MUCHOS!

¡ PUES YO NO COGÍ NADA!. ¡MARÍA, SÍ. Y MUCHOS!

Bueno, hoy no voy a hablar de la televisión, pero probablemente hablaré de algo que conocen muchos. Tengo un cuñado, pero
conozco mucha gente, que tiene una finquita en la que prácticamente ahora que está jubilado va todos los días y los fines de semana se queda allí. Le gusta, disfruta, le apasiona y se entusiasma a pesar de ser un trabajo, el de la tierra y el de la agricultura, nada fácil: así está de la cintura y de la espalda. ¡Cuántos de nuestros familiares se han ganado la vida destrozándose el cuerpo para unos sueldos miserables!.
Pues resulta que a mi cuñado le encanta eso de ver que su cosecha tiene los frutos deseados. Cuando recoge naranjas cuenta las bolsas o los sacos; cuando recoge aceitunas cuenta los kilos; cuando recoge papas pues hace sus cálculos incluso para la venta... no solo le gusta lo que hace, sino que además entiende de lo que planta. Siempre la conversación con los vecinos o con la gente que le rodea es siempre la comparativa: cuantos cogistes tú, pues yo.... la tira.
Incluso también al revés. Hay veces en los que mi cuñado, como otros tantos agricultores, no cogen nada, ni siquiera para cubrir gastos: pierden más que lo que ganan, aunque la ganancia la lleven en el sudor, en el sacrificio, en el buen clima, en pasar un rato agradable...Hay veces en la que pasan los años y... nada de nada: ¡qué tristeza, otro año con las manos vacías!.
Este fin de semana, el evangelio nos va hablar de cosechas, casi diría que nos va a hablar de tantos y tantos que como mi cuñado se dedican a cultivar. Mateo, en su capítulo 13 nos habla de la parábola del sembrador. El texto comienza diciendo que Jesús estaba en la orilla del lago. ¡Que interesante!, Jesús siempre está a las orillas de los caminos, a las orillas del lago... nunca es el centro porque probablemente en las periferias, en las orillas es donde hay que empezar a trabajar.
Dice el texto que el sembrador esparce su tarea, sus granos, sus semillas, pero que nunca tiene la certeza de que la cosecha va a ser buena. Tiene su cierta intriga, pero quizás los resultados son los que nos marcan si hemos sido capaces de hacer bien nuestra tarea. Cuando a mi cuñado no le sale una cosecha buena - al margen de los imprevistos - es que hay algo que no ha funcionado. Si la semilla cae en terreno pedregoso probablemente es que la he lanzado con demasiada fuerza y fuera del terreno que tengo para ella.
Cuantas veces en nuestras comunidades vemos que la semilla siempre cae en terreno pedregoso: los niños de la primera comunión se van, ya no se casan tantas parejas, no hay jóvenes en nuestras celebraciones.... y quizás deberíamos de hacer lo de Jesús: sentarnos en la orilla, casi al margen y analizar el terreno y ver lo que mejor le conviene.
Los agricultores, cuando un año, otro, otro... no le sale nada, no dejan el terreno valdío, al contrario siguen intentándolo todos los años con la ilusión del primero, lo siguen intentando con la alegría del primerizo, y.... espera a que los frutos salgan y si no , pues el año que viene más.
En nuestras comunidades, quizás no tengamos que ver el fruto. Quizás a nosotros nos corresponda echar la semilla teniendo el cuidado de que no caiga en terreno pedregoso, sino abonando y con agua para que de el fruto que le corresponda y a eso habrá que añadirle una dosis grande de paciencia, pues las cosechas no salen de hoy para mañana. No nos desesperemos, ya vendrán tiempos mejores pero no por ello dejemos de sembrar con alegría, con ilusión... seguro que a la larga o a la corta algo sacaremos.
María, bajo la advocación del Carmen, sí que saca un montón de
frutos: ¡cuántos marineros no tienen en cada puerto una.... imagen de María que les ayuda, les conforta y también les da ilusión para no desfallecer a pesar de la lejanía de los seres queridos!. María siempre está en "las buenas y malas cosechas"; María siempre está al lado de quien lo invoca y lo invoca con sinceridad.
Felicidades a los Carmelos y Cármenes.
Hasta la próxima y feliz verano
Paco Mira

viernes, 7 de julio de 2017

PORFI, UN ALIVIO. GRACIAS

La semana pasada, hablaba de la televisión y, perdón por ello, esta semana voy a volver hacer lo mismo. No es que esté pegado a ella, aunque lo parezca, pero quizás por el tiempo en que la veo, puede ser que aparezcan los programas no que a uno le interesa, pero sí que uno puede sacar algo de provecho. Esta semana le toca el turno a Risto Mejide. Confieso que hubo un tiempo que le tenía manía, quizás no fuera muy evangélico esto. Pero cuando se sentaba en el sillón de Chester hubo entrevistas muy buenas que me han enganchado. Los protagonistas se desnudaban - en el buen sentido de la palabra - e incluso se podía aprender de los errores y aciertos de los invitados.
 Esta semana vi la entrevista que le hizo, en un programa dedicado al amor, a Andrés Aberasturi. Un fenómeno de persona, gran profesional, gran periodista y comunicador, hombre de radio... pero al que le vida le dio un toque: tiene un hijo, Cris, que tiene una parálisis cerebral. En esa entrevista, Risto le preguntaba que qué había pasado y él empezó a desgranar todas las posibilidades que se le habían pasado por la cabeza con la intención de dar la respuesta al problema de su hijo: se preguntaba por qué la vida había sido tan injusta con su
hijo; por qué le había tocado a él; por qué se truncaba la vida de un niño de esa forma y manera; que dónde estaba Dios al que le preguntó por qué y dijo que solamente había silencio y que no era capaz de encontrar una respuesta ni en la religión y menos en Dios. 
 Les confieso que la entrevista me dejó tocado. Y me dejó tocado porque muchas de las preguntas que se hacía Alberto se la hacen miles de padres que tienen un hijo o un familiar en esas circunstancias. Buscamos respuestas a la inmediatez de la grandeza - a veces absurda - de la vida. Buscamos el ya de una respuesta que quizás no le vemos la salida, entre otras cosas, porque nos tocó a nosotros.
 Esto viene a cuento, porque en el evangelio de esta semana (Mateo 11,25) me gustaría darle la respuesta a Alberto y a tantos que desde el anonimato viven situaciones parecidas a Alberto. Sé que mi reflexión es desde quien no vive esa situación, pero que me gustaría que me sirviera a mí también. Es curioso como la vida nos pone a prueba en infinidad de situaciones y Jesús en ese evangelio empieza dando gracias, porque lo importante de la vida se lo esconde a los sabios y se lo revela a los sencillos y humildes. Ante la grandeza de la vida (¿cruel a veces?) de nada valen las carreras, los diplomas... solo vale la desnudez de lo que somos,.
 Jesús sigue diciendo que nos aliviará, pero claro, ahora viene la pregunta ¿cómo?. Seguro que Alberto me diría, ya Paco, pero cómo lo hago. Jesús no habla de quitar la carga a nadie, no es el mago de la tribu, pero sí habla de aliviar el peso de la carga, de aliviar la tragedia. A veces nos sentimos como bueyes atados a un yugo que resoplamos cuando la carga es pesada y no entendemos el por qué.
 Dándole vueltas a la respuesta que Alberto busca, quizás no es que
Dios esté escondido y no quiera, quizás, seguro, Dios está con Cris. Dios está con Alberto en ese agobio de preguntas que buscan respuesta y que según él no encuentra. Probablemente Alberto buscaba una respuesta racional a un problema que siéndolo no tiene esa respuesta. Jesús no quita la cruz, Jesús camina con nosotros, a nuestro lado, tira de las dificultades con nosotros, siempre a nuestro lado y nunca desde la lejanía.
 Todos buscamos la varita mágica que saca un conejo de una chistera. Jesús no es ese. Jesús cargó con su cruz y sigue cargando con infinidad de cruces que a lo largo de la vida se van sucediendo en infinidad de situaciones y momentos como muy concretos. También en el caso de Alberto Aberasturi y de su hijo Cris. Jesús va con él, carga la cruz con él. Solo hay que querer verlo y lo encontraremos.
 Alberto estoy/estamos contigo. Con los que buscan como tú. También con los que encuentran, seguro, como tú. Animo
 Hasta la próxima y feliz verano
 Paco Mira