viernes, 7 de julio de 2017

PORFI, UN ALIVIO. GRACIAS

La semana pasada, hablaba de la televisión y, perdón por ello, esta semana voy a volver hacer lo mismo. No es que esté pegado a ella, aunque lo parezca, pero quizás por el tiempo en que la veo, puede ser que aparezcan los programas no que a uno le interesa, pero sí que uno puede sacar algo de provecho. Esta semana le toca el turno a Risto Mejide. Confieso que hubo un tiempo que le tenía manía, quizás no fuera muy evangélico esto. Pero cuando se sentaba en el sillón de Chester hubo entrevistas muy buenas que me han enganchado. Los protagonistas se desnudaban - en el buen sentido de la palabra - e incluso se podía aprender de los errores y aciertos de los invitados.
 Esta semana vi la entrevista que le hizo, en un programa dedicado al amor, a Andrés Aberasturi. Un fenómeno de persona, gran profesional, gran periodista y comunicador, hombre de radio... pero al que le vida le dio un toque: tiene un hijo, Cris, que tiene una parálisis cerebral. En esa entrevista, Risto le preguntaba que qué había pasado y él empezó a desgranar todas las posibilidades que se le habían pasado por la cabeza con la intención de dar la respuesta al problema de su hijo: se preguntaba por qué la vida había sido tan injusta con su
hijo; por qué le había tocado a él; por qué se truncaba la vida de un niño de esa forma y manera; que dónde estaba Dios al que le preguntó por qué y dijo que solamente había silencio y que no era capaz de encontrar una respuesta ni en la religión y menos en Dios. 
 Les confieso que la entrevista me dejó tocado. Y me dejó tocado porque muchas de las preguntas que se hacía Alberto se la hacen miles de padres que tienen un hijo o un familiar en esas circunstancias. Buscamos respuestas a la inmediatez de la grandeza - a veces absurda - de la vida. Buscamos el ya de una respuesta que quizás no le vemos la salida, entre otras cosas, porque nos tocó a nosotros.
 Esto viene a cuento, porque en el evangelio de esta semana (Mateo 11,25) me gustaría darle la respuesta a Alberto y a tantos que desde el anonimato viven situaciones parecidas a Alberto. Sé que mi reflexión es desde quien no vive esa situación, pero que me gustaría que me sirviera a mí también. Es curioso como la vida nos pone a prueba en infinidad de situaciones y Jesús en ese evangelio empieza dando gracias, porque lo importante de la vida se lo esconde a los sabios y se lo revela a los sencillos y humildes. Ante la grandeza de la vida (¿cruel a veces?) de nada valen las carreras, los diplomas... solo vale la desnudez de lo que somos,.
 Jesús sigue diciendo que nos aliviará, pero claro, ahora viene la pregunta ¿cómo?. Seguro que Alberto me diría, ya Paco, pero cómo lo hago. Jesús no habla de quitar la carga a nadie, no es el mago de la tribu, pero sí habla de aliviar el peso de la carga, de aliviar la tragedia. A veces nos sentimos como bueyes atados a un yugo que resoplamos cuando la carga es pesada y no entendemos el por qué.
 Dándole vueltas a la respuesta que Alberto busca, quizás no es que
Dios esté escondido y no quiera, quizás, seguro, Dios está con Cris. Dios está con Alberto en ese agobio de preguntas que buscan respuesta y que según él no encuentra. Probablemente Alberto buscaba una respuesta racional a un problema que siéndolo no tiene esa respuesta. Jesús no quita la cruz, Jesús camina con nosotros, a nuestro lado, tira de las dificultades con nosotros, siempre a nuestro lado y nunca desde la lejanía.
 Todos buscamos la varita mágica que saca un conejo de una chistera. Jesús no es ese. Jesús cargó con su cruz y sigue cargando con infinidad de cruces que a lo largo de la vida se van sucediendo en infinidad de situaciones y momentos como muy concretos. También en el caso de Alberto Aberasturi y de su hijo Cris. Jesús va con él, carga la cruz con él. Solo hay que querer verlo y lo encontraremos.
 Alberto estoy/estamos contigo. Con los que buscan como tú. También con los que encuentran, seguro, como tú. Animo
 Hasta la próxima y feliz verano
 Paco Mira

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