viernes, 23 de marzo de 2018

CINCUENTA Y DOS SEMANAS…. PERO UNA ESPECIAL


Cuando uno llega al despacho de un médico suele tener las paredes llenas de cuadros que acreditan su larga carrera cultural y académica, para llegar a donde ha llegado. Probablemente nosotros, en esa espera que a veces se hace interminable, nos dedicamos a recorrer – quizás en silencio – esa trayectoria y a cada uno que leemos ponemos cierta cara de asombro e incluso de admiración, pero también ponemos cara de incredulidad entre otras cosas porque probablemente no entendemos el título del cuadro.
Ahora que se acaba la cuaresma, nosotros también tenemos por delante la lectura de un cuadro, marcado por una serie de acontecimientos a los que, en teoría, nos hemos preparado a lo largo de todo el año. Leer unos acontecimientos que nos durarán toda una semana y que cuando esa semana se acabe, seguro que no nos hemos enterado que tenemos que ponerla en práctica.
Queda atrás el tiempo en el que nos impusieron la ceniza y que, junto con nuestra comunidad, hemos emprendido el camino hacia la Pascua, hacia el triunfo definitivo de la Vida. Han sido cuarenta días de gestos que entiendo que han sido sinceros: de oración, de solidaridad… gestos no exentos de dificultades, de retos, de desafíos…. Ojo han sido gestos que muchos han escogido para poder llegar a esta Semana Santa.
Este fin de semana, llegamos a la entrada triunfal en Jerusalén. Llegamos a las expectativas de un Mesías, rey y guerrero, que libera al pueblo de la opresión y de la injusticia que ha ocasionado el pueblo invasor. Casi como en algunos lugares de nuestra geografía que están esperando un líder que libere de una ocupación que ellos consideran injusta y por eso todavía no les ha llegado ese líder. Sin embargo el Mesías que llega es un Mesías Pastor y siervo, que triunfa entregando su vida, que triunfa amando hasta el extremo y a nivel político, hoy en día no encontramos muchos.
No deja de sorprender la emoción de la entrada en Jerusalén. Los niños cantan y extienden sus mantos ante el borrico, pero los gestos de la fiesta no ocultan la realidad:¡Jesús entra para morir!. Entra con el reconocimiento de los suyos y probablemente con una sonrisa cautivadora, porque su mayor alegría es dar la vida por la humanidad.
Pero el mismo pueblo que lo alaba, es el mismo que pide su muerte en la cruz. Jesús no pasa de largo ante la traición de su pueblo y su corazón de hombre es atravesado por el dolor. ¿Cómo encajar la realidad de una traición?.¿Cómo encajar que sus amigos, con los que ha compartido infinidad de experiencias, se dejen engatusar por los líderes religiosos?. El mismo pueblo que gritaba hosanna, grita ahora crucifícalo.
Interpelante es la imagen para quienes seguimos hoy a Jesús. La pregunta es sencilla, ¿podemos alabar a Jesús en el Templo mientras permitimos que cientos de hermanos suban hoy al patíbulo de infinidad de condenas a muerte en pleno siglo XXI: hambres, deportaciones, guerras, deshaucios, vallas que impiden libertades, robos legítimamente permitidos de quienes han sido escogidos con la voluntad popular, pensiones que no sirven para poder llevar una vida digna – uno de los derechos fundamentales del ser humano -, etc.…?.
Nuestros cantos de alabanza no pueden ser indiferentes ante este tipo de cruces “modernas”. Hoy, como ayer, no podemos alabar a Dios en la
primera hora y pedir su muerte, en la muerte de la vida digna de nuestros hermanos en la segunda. Por eso de las cincuenta y dos semanas que tenemos, esta es especial o al menos debe de serlo. Tenemos que ser testigos de la entereza y del valor que generan las profundas convicciones de amar y servir a los hermanos aunque ese amor y ese servicio impliquen la entrega de la vida. Tenemos que ser testigos de la ternura y de la compasión que solo un hombre lleno de Dios puede dar. Tenemos que ser testigos del valor que da la sintonía con el Padre y el saber que lo que hace tiene un valor salvífico universal. Tenemos que ser testigos, en los últimos momentos, de un amor sin límite.
Por eso déjenme que les diga, Feliz Semana Santa
Hasta la próxima
Paco Mira

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