viernes, 27 de noviembre de 2020

¿ SE DESVANECE LA ESPERANZA?

No siempre es la desesperación la que destruye en nosotros la esperanza y el deseo de seguir caminando día día llenos de vida. Al contrario, se podría decir que la esperanza se va diluyendo en nosotros casi siempre de manera silenciosa y apenas perceptible. Tal vez, sin darnos cuenta, nuestra vida va perdiendo color e intensidad. Poco a poco parece que todo empieza a ser pesado y aburrido. Vamos haciendo lo que tenemos que hacer, pero la vida no nos "llena".

Un día comprobamos que la verdadera alegría ha ido desapareciendo de nuestro corazón. Ya no somos capaces de saborear lo bueno, lo bello y grande que hay en la existencia. Poco a poco todo se nos ha ido complicando. Quizás ya no esperamos gran cosa de la vida ni de nadie. Ya no creemos ni siquiera en nosotros mismos. Todo nos parece inútil y sin apenas sentido. La amargura y el mal humos se apoderan de nosotros cada vez con más facilidad. Ya no cantamos. De nuestros labios no salen sino sonrisas forzadas. Quizás es que hace tiempo que no acertamos a rezar.

Quizás comprobamos con tristeza que nuestro corazón se ha ido endureciendo y hoy apenas queremos de verdad a nadie. Incapaces de acoger y escuchar a quienes encontramos día a día en nuestro camino, solo sabemos quejarnos, condenar y descalificar.

Poco a poco hemos ido cayendo en el escepticismo, la indiferencia o la pereza total. Cada vez con menos fuerzas para todo lo que exija verdadero esfuerzo y superación. Ya no queremos correr nuevos riesgos. No merece la pena. Preocupados por muchas cosas, que nos parecían importantes, la vida se nos ha ido escapando. Hemos envejecido interiormente y algo está a punto de morir dentro de nosotros, ¿qué podemos hacer?

Lo primero es despertar y abrir los ojos. Todos esos síntomas son indicio claro de que tenemos la vida mal planteada. Ese malestar que sentimos es la llamada de alarma que ha comenzado a sonar dentro de nosotros.

Nada está perdido. No podemos de pronto sentirnos bien con nosotros mismos, pero podemos reaccionar. Hemos de preguntarnos que qué es lo que hemos descuidado hasta ahora, qué es lo que tenemos que cambiar, a qué tenemos que dedicar más atención y más tiempo. Es verdad que los acontecimientos de la vida, lo último que hemos estado viviendo nos han derivado y hasta disipado de nuestro cultivo personal.

Por eso Pablo nos exhorta a que la paz esté con nosotros. Tenemos que tener tranquilidad y paz, de lo contrario no podemos dar de aquello que no tenemos y quizás lo necesitemos más que nadie. Dice Pablo, que en nosotros se ha probado el testimonio del propio Jesús. Y además se lo dice a una comunidad nada fácil como era la de Corinto. Ahora que también vivimos momentos complicados y duros, momentos que nos ponen a prueba y

comprueban nuestra resistencia, Dios nos ha invitado a participar de la propia vida de Jesús.

Por ello el evangelio nos insiste: velen, porque no saben ni el día ni la hora. Seguro que si estamos en vela, en tensión... no caeremos nunca en el desánimo y por ello podemos estar siempre vigilantes a los acontecimientos. Tenemos que ser portadores de esperanza. Esperanza que el nacimiento de Jesús no es un mero nacimiento más, sino el que tiene que dar sentido a nuestro testimonio como nos invita Pablo. Animo

Hasta la próxima

viernes, 20 de noviembre de 2020

DE REY CON CETRO, CREO QUE POQUITO

Se acaba el año. Sí. Este fin de semana tendríamos que desearnos felicidad, prosperidad, los mejores augurios.... porque el año se va. Claro, no es la despedida con las uvas y con el cava, aunque también podríamos añadirle esto último. Se nos acaba el año litúrgico, se nos va el evangelio de Mateo y nos viene el de Marcos. Y se nos acaba el año con un juicio, el juicio final. Uff, ¡peligro!.

Muchos, yo el primero, queremos quizás que no se acabe ya el año, pero sí que se nos vaya esta penuria que estamos pasando. Seguro que es la hora de volver la vista atrás, de cómo hemos funcionado a lo largo de doce meses, de recorrer un camino de lo que pudimos hacer y no hicimos y pedir perdón por lo errores cometidos, entre ellos la propagación - en muchos casos - de un bichito llamado covid19. Ha sido un año en el que nos dejaron infinidad de ancianos, de raíces familiares que han propagado nuestro árbol genealógico, y a los que tanto debemos. Por ellos, sí deberíamos levantar una copa y decirles gracias.

Seguro que también a lo largo de este año alguno nos puede recordar algo similar a " tú no te acordarás, pero hace años que me dijiste una cosa que me hizo mucho daño, y no se me ha olvidado". La verdad que tenemos una memoria prodigiosa para recordara aquello que pudimos haber hecho, pero que no hicimos, aquello que nos dijeron y que no tuvimos la facultad de olvidar y de perdonar. Seguimos recordando con dolor y acritud.

Pero claro, el covid19 también nos ha recordado que hay que tener un hueco para hacer aquellas cosas que normalmente hacemos, pero de otra manera, porque incluso a nivel de fe, ya no vale lo que hacíamos como hasta ahora: ¿dónde quedan aquellas familias que iban con sus hijos a compartir la fe los domingos?, ¿el virus les hizo perder la fe?. No me lo creo. El distanciamiento social se ha convertido en la excusa barata para abandonar lo que no teníamos bien agarrado.

"Vengan, benditos de mi padre", eso es lo que nos dirá en el mañana nuestro Padre Dios. Nos lo dirá a todos, pero nos exige consecuencia en el hoy. No tenemos un Dios juez, un Dios fiscalizador de maldades, de adversidades, .... tenemos un Dios amoroso de corazón enorme que abraza a sus hijos porque les quiere y les ama y el deber de los hijos es la reciprocidad: quererle y amarle.

Vamos a entrar en el adviento. Vamos a cantarle a la esperanza. Esperanza de que las cosas pueden ser mejores e ir a mejor, pero que también depende de todos y cada uno de nosotros en que eso se convierta en realidad. El llanto y el rechinar de dientes es una forma de animar a que las cosas pueden ser mejores de lo que son. Y eso es lo que fomenta el ser cristiano. Nuestro Padre no es un Padre de calamidades, como los profetas malos de antaño, sino un Padre de esperanza que cuenta con sus hijos para que las cosas funcionen mejor de lo que están funcionando.

No hay un Cristo Rey a la usanza de lo que conocemos. Cuando Pilato le pregunta si es Rey, se lo pregunta a un hombre destrozado y humillado y de esos son los que no quiere la prensa del corazón, porque no lleva cetro ni deja dinero en las televisiones que destripan al personal, pero sí queremos nosotros porque nos marca el Camino, porque es la Verdad y para nosotros es la Vida.

Amigos, FELIZ AÑO

Hasta la próxima

Paco Mira

viernes, 13 de noviembre de 2020

TU TAMBIÉN ERES POBRE


 
 No sé si lo dije en alguna ocasión, pero se lo digo ahora: me gusta Bergoglio, es decir, nuestro Papa Francisco. Seguramente podría hacer más y en menos tiempo, pero "las cosas de palacio van despacio". Creo que esas cosas son las que le van dando credibilidad, que hasta ahora los anteriores no es que no la tuvieran, pero muchos la echaban en falta. Sus pasos son cortos, quizás más de lo que él pudiera desear, pero le sirven para no tambalearse y hacerse valer.

Un sentimiento muy común ante los graves problemas de todo tipo que aquejan a la humanidad, es el sentimiento de impotencia y más en los tiempos pandémicos que estamos viviendo. Son tantas las necesidades, los dramas, tantas las cosas que no están bien, que nos vemos incapaces de hacer algo, ni siquiera encontrar un cauce de solución, aún queriendo hacerlo bien. Y aún en el caso de intentar hacer algo, es a costa de mucho esfuerzo personal y material, sin que realmente se perciban mejoras. Se tiene la impresión que todos los esfuerzos se estrellan contra un muro inamovible, y ante ese sentimiento de impotencia, la reacción suele ser centrarse uno en sus propios asuntos y no querer plantearse otros temas, a no ser que nos afecten directamente.

Y en medio de todo ello, el Papa va y convoca, por cuarto año consecutivo, la jornada mundial del pobre. Seguro que el Papa no pensaba que los pobres aumentarían, sino que todo lo contrario. Y es que las malas noticias en los medios de comunicación son tan abundantes, que nos llegan a convencer que el mal reina y campa a sus anchas. Lejos de tal afirmación.

"Tiende la mano al pobre", es el lema de este año. Tender la mano, es poner en practica la parábola de este fin de semana, la de los talentos. Tender la mano no es compadecerse con los pobres sino compartir con el pobre aquello que somos y que tenemos. Cada vez son más, por culpa de la pandemia - eso dicen los que dicen que entienden - las colas del hambre, de la miseria, del olvido.... recuerda a las colas de la postguerra con las cartillas del racionamiento. Y cada vez tenemos que ser más los que tendamos la mano hacia aquellos que realmente lo necesitan.

Poner en práctica la parábola de los talentos no es dar lecciones de nada a nadie. Poner los talentos al servicio de los demás no es cobrar por el desplazamiento y la reparación, es dejar nuestro tiempo en favor de otros, porque seguro que otros lo harán con nosotros. Decía alguien que "yo no puedo hacer nada por Dios, pero por sus hijos necesitados, sí".

Es verdad que somos responsables de poner los talentos al servicio de los demás. No obstante cuando equivocadamente los guardamos por temor a un Dios meticuloso que recoge donde no siembra, es que no hemos conocido al Dios de Jesús que nos comparte sus dones para construir un mundo distinto, un mundo a su manera.

Hemos de dar y de darnos sin temor. Hemos de tender la mano y dejar que nos la tiendan. Hemos de ser humildes a ser receptivos, porque de los pequeños, de las prostitutas, de los pobres, de los necesitados... Dios se hace un hueco en medio de ellos.

Estamos acabando el año. Hagámoslo con la delicadeza de quien siente la satisfacción del deber cumplido, y este deber es tender la mano al pobre.

Hasta la próxima

Paco Mira

viernes, 6 de noviembre de 2020

DIA DE LA IGLESIA DIOCESANA


Estos días atrás, hemos vivido unos hechos que se me antojan que no tienen mucha explicación. Madrid, Logroño, Barcelona, León.... han sido víctimas inexplicables de conductas nada ejemplarizantes por un grupo de jóvenes ( más o menos numerosos) que se dedicaron a destruir, como señal de protesta, todo el mobiliario urbano que se encontraron a su paso. Eso me recuerda que cuando era pequeño y me enfadaba le daba un puñetazo a la pared como si esta tuviera la respuesta a mi enfado o cabreo.

Yo no voy a discutir si estos jóvenes tenían o no razón. Algunos les tacharon de radicales extremistas de diferentes partidos. Igual es verdad, pero no lo que no acabo de entender es la postura de sus progenitores hacia sus hijos. Seguro que en sus casas, como en la mía, se comentó la actitud incívica de estos muchachos y me gustaría saber cuál es la postura de sus padres en esos comentarios. Si se alienta o alimenta ese tipo de actitud, no se está siendo responsable con uno mismo y con el prójimo.

De responsabilidad nos habla el evangelio de este fin de semana. Nos habla de estar atentos a los acontecimientos de la vida que nos han de marcar el devenir de nuestra forma de actuar. Las vírgenes que quemaron el aceite antes que llegara el esposo, no tuvieron la responsabilidad de estar atentas a los acontecimientos que la vida les iba deparando.

Este fin de semana celebramos el día de la Iglesia Diocesana. Quiero creer que mi Iglesia, esa que tiene tantos defectos, pero a la que quiero con locura, también es responsable o por lo menos lucha por ello. Lucha por no dar mal ejemplo a aquellos que están esperando la mínima - cual coyote con la presa débil - para echarse encima. Quiero a mi Iglesia con defectos, pero que es capaz de levantarse ante las adversidades, que reconoce que se equivoca y vuelve a recuperar el rumbo.

Seguro que estamos en una etapa maravillosa para replantearnos muchas cosas. Para dar carpetazo a viejas teorías que no nos dejan avanzar por el camino y por la senda establecida, pero una etapa que nos ofrece infinidad de posibilidades nuevas capaces de alentarnos en tiempos duros.

Quiero a mi Iglesia Diocesana siempre con la vela encendida de la igualdad entre hombres y mujeres. Igualdad de oportunidades en la administración de la misma. Quiero a mi Iglesia Diocesana que cuenta con laicos comprometidos con el evangelio de Jesús de Nazaret y que son capaces de evangelizar en aras a un proyecto maravilloso que llamamos evangelio. Quiero a mi Iglesia Diocesana que se confiesa santa y pecadora, que reconoce errores, que es capaz de rectificar y sobre todo que tiene los oídos atentos a la voz de la súplica de los pobres y desvalidos que son muchos.

Quiero a mi Iglesia diocesana que camina, junto con nuestro Obispo, descalza por los caminos polvorientos de un siglo que se me antoja complicado, desesperado y que gime por y con aquellos que menos tienen. Quiero a mi Iglesia Diocesana que enarbola la bandera de caritas, porque es el ejemplo vivo de la voz de los que no la tienen sin que le importen la raza, la religión o el lugar de nacimiento..

Ojala que no nos durmamos como a las vírgenes. Estemos siempre con las lámparas encendidas. Demos signos de esperanza y de vida. Seamos generosos porque eso es signo de que lo que hemos recibido gratis, lo damos gratis.

Quiero esa Iglesia Diocesana. Si hasta ahora no lo hemos hecho, estamos a tiempo

Hasta la próxima

Paco Mira