viernes, 10 de noviembre de 2017

MI QUERIDA IGLESIA, ESA IGLESIA MÍA, ESA IGLESIA NUESTRAAAAA!

MI QUERIDA IGLESIA, ESA IGLESIA MÍA, ESA IGLESIA NUESTRAAAAA!
            Van cerca de 40 años que una gran cantante - según decían las crónicas de la época - desaparecía a los 27 años, víctima de un accidente. Una de sus canciones, quizás también fruto de la época que estábamos viviendo (fin de la dictadura, elecciones democráticas, elaboración de una constitución democrática, etc...), favoritas era Mi querida
España, esa España mía, esa España nuestra. Esta canción me viene a la mente por lo que celebramos este fin de semana, el día de la Iglesia Diocesana, en la que podemos hacer nuestra la letra de aquella canción pero cambiando la letra: mi querida Iglesia, esa Iglesia mía, esa Iglesia nuestra.
            Claro que sí. La Iglesia Diocesana, no es propiedad privada, cual coto de caza de gente rica. La Iglesia Diocesana, es la Iglesia tuya y mía; es la Iglesia nuestra que compartimos a diario o semanalmente. La Iglesia de todos y cada uno de los compartimos una misma fe en Jesús de Nazaret. Una Iglesia con sus luces y con sus sombras - gracias a Dios -; una Iglesia con sus errores y con sus fallos - menos mal -; una Iglesia imperfecta compuesta por hombres y mujeres que se equivocan, que caen y vuelven a levantarse probablemente con la intención de no volver a recaer, pero que sí lo hacen.
            Por eso la quiero. Y la quiero tal y como es. La quiero con esa lucha diaria por ser mejor. La quiero con las imperfecciones y con los aciertos; la quiero porque se cae y tiene la capacidad de pedir perdón y volver a levantarse. La quiero porque hace como las vírgenes que siempre  tiene las velas encendidas porque  quiere esperar al Maestro, porque no sabemos ni el día ni la hora, pero sabemos que tiene que tocar y nos tiene que encontrar preparados.
            También quiero a esa Iglesia que de vez en cuando tiene lucha interna, porque en la discusión y en el debate caminamos hacia delante; también quiero a esa Iglesia que sueña, como María en los caminos que llevan a Belén: sueña con mayor participación de los seglares en todas y cada una de las tareas; sueña con mayor participación de la mujer incluida las tareas de coordinación y gobierno; quiero a esa Iglesia que sueña con muchos Obispos, cardenales, párrocos abiertos a los signos de los tiempos, abiertos a nuevos caminos que lleven al verdadero rostro de Jesús de Nazaret.
            Quiero que mi Iglesia sueñe con los pobres. Pobres que son su santo y seña; pobres que son la identidad de un mensaje de un hombre, que por nosotros acabó pobre en la madera de una cruz desnuda; Quiero una Iglesia que mime y cuide a los ancianos, a los enfermos, a los que nos han marcado la hoja de ruta a lo largo de la historia y que ahora dependen de nosotros y parece que muchas veces no tienen cabida en nuestras comunidades.
            Quiero que mi Iglesia sueñe con los ojos abiertos para cuidar nuestras comunidades, para cuidar nuestras liturgias, nuestros espacios de oración, nuestras celebraciones; quiero que mi Iglesia se adelante a los acontecimientos de la vida y de la historia y que no vaya detrás de ellos. Sueño con que mi Iglesia cuide y mime a los mayores, a los enfermos, a los que han forjado con sudor lo que hoy somos y tenemos.
            Muchos de los programas de la tv de hoy, (gracias a
Dios) hablan de esfuerzo, de sacrificio, de entrega, de preparación (Me quiero acordar de pasapalabra, de masterchef, de saber y ganar….). Es por ello que todavía tenemos que estar preparados para ciertas cosas en la vida, de ahí que como las vírgenes del evangelio hemos de tener las lámparas encendidas, hemos de estar atentos. Hemos de tener las lámparas encendidas para que nuestra Iglesia no desfallezca, no decaiga; para que seamos capaces de ayudarla a levantarse cuando tropieza y seamos capaces de aplaudirle cuando los vientos sean favorables.
          
  Felicito, como no podía ser de otra manera, a nuestro Papa que instauró la I jornada mundial del Pobre. De ellos es el reino de los cielos. Algún día hablaremos de ellos.
        Hasta la próxima                    
            Paco Mira


viernes, 3 de noviembre de 2017

¡ AY SI YO TUVIERA UNA ESCOBA....!


¡ AY SI YO TUVIERA UNA ESCOBA....!
Siempre dije que al pasado ni para coger impulso, pero uno es nostálgico, a veces, y no se puede olvidar de lo que a uno le forjó, le animó, le constituyó e incluso lo que uno mamó de pequeño o de adolescente. Una de esas cosas son las canciones que han marcado toda una época, una vida e incluso una personalidad. Una de esas canciones ha sido y es aquella que decía: ¡ si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería!. Claro que si.
Me quiero acordar este fin de semana de un santo que el día tres era su onomástica: era Martín de nombre, Porres el apellido y fray escoba comunmente conocido. Y me quiero acordar de fray escoba porque entiendo que en todas nuestras comunidades de fe, donde compartimos y celebramos cada semana, hay siempre un/una fray escoba: esa persona que, como Martín, hace las labores que parece que no se ven, pero que son imprescindibles; esas personas que con su labor callada y abnegada, hacen más agradable nuestra estancia en los lugares de culto; esas personas con nombres y apellidos que probablemente no conozcamos por su anonimato, pero a las que hay que decirles GRACIAS. Me quiero acordar de Carmelo, Dámaso, Juan, Pepe, Ceni... y tantos y tantos de los que no me acuerdo o cuyo nombre no me lo se.
Es curioso que el evangelio de este fin de semana nos habla de "hacer lo que nos dicen, pero no lo que hacen". ¡Qué
importante es la coherencia en nuestras vidas!, pero aún siendo verdad que no siempre se consigue, ¡qué valor tiene el hacer lo que otros, como ejemplo y coherencia, hacen aunque no siempre sea lo mismo que ellos dicen. Qué hermosa era la frase de Pablo VI cuando decía que "el hombre escucha más atento a los testigos que a los maestros" y ya lo decía Francisco de Asís: si es necesario, díganlo también con palabras". Insisto ¡ ay si yo tuviera una escoba!.
Las escobas son aquellos instrumentos que recogen lo que no sirve, lo que no nos es válido, aquello que desechamos y que no queremos. Pero más importante que la escoba es quien la utiliza y para ello el que utiliza la escoba ha de ser humilde, es decir, salir de sí mismos para darse a los demás. ¡Cuántos en nuestras comunidades salen de sí mismos y se dan a los demás, para que estos, en las celebraciones se sientan a gusto!. ¡Cuántos fray escobas hay en nuestras comunidades y no son valorados!. Martín de Porres era un hombre que no quería que nadie le reconociera su labor, lo hacía por los pobres, para los pobres y en el bien de la comunidad. En nuestras parroquias ha de pasar lo mismo.
Una humildad que nos tiene que llevar a no llamar a nadie Maestro, porque uno solo es el Maestro. Nadie está por encima de nadie, independientemente de la labor que desarrolle en una comunidad: ¡cuántos nos creemos superiores a los demás!. ¡cuántos decimos que con una carrera universitaria somos capaces de superar a los demás...!. ¡Ay si yo tuviera una escoba!.
Probablemente en muchas de nuestras parroquias hay que pasar una escoba. Hay que barrer, hay que limpiar. Hay que limpiar de soberbia, de orgullo, de protagonismo, de ocupar primeros bancos, de saber leer mejor que nadie, de saber de ciertas cosas mejor que otros, de decir quien debe pertenecer a un grupo y quien no.....: no llamen a nadie Maestro
¡ Cuántos fray escobas hay en nuestras comunidades!. Ojalá que aprendamos de las bienaventuranzas que se proclamaban esta semana: dichosos los que limpian, dichosos los que te dicen en una comunidad donde está tu sitio; dichosos los que nunca te niegan una sonrisa; dichoso el párroco que atiende a todos por igual y no hace distinciones; dichosos los que siempre se quedan para el final y no se pelean por los primeros puestos; dichosos los humildes, los sencillos de corazón, porque de los que tienen la escoba en la mano es el Reino de los cielos.
Despojémonos de los grandes trajes y vayamos cogiendo el mono de trabajo porque queda mucho por hacer.
Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 27 de octubre de 2017

LA SOBREMESA, LA FIESTA Y EL HELADO EN LA IGLESIA

Bueno, pues hoy quiero dedicar unas palabras a mi querido pueblo de Vecindario. Más que pueblo al barrio costero de Santa Lucía, puesto que el pueblo es ese. Y se las quiero dedicar por la fiesta en
honor a Rafael, esa medicina de Dios de la que seguro todos, absolutamente todos, estamos necesitados. Una medicina que no es intensiva, no hace daño, no erosiona ni es necesario tomarse un protector, puesto que ya va incluido en la propia medicina.
Las fiestas tienen que ser, o al menos así lo entiendo yo, como las sobremesas de una comida. Las sobremesas, decía un amigo mío tiene que ser obligatorias en todos los rincones y culturas. Las sobremesas tienen que saborearse como cuando uno se toma un postre sin prisa; cuando se toma un cafecito que se va enfriando al fragor de una conversación familiar o con amigos; cuando se saborea una copa de cualquier licor mientras olemos al calor del hogar.
La fiesta tiene que ser también algo parecido: hay que saborearla, olerla, disfrutarla y compartirla. Es una vez al año y no podemos dejarla pasar como si la rutina nos hiciera impertérritos ante tal acontecimiento. La fiesta, como la sobremesa, tiene que notarse en el traje, en la actitud, en las formas y en las maneras. Traje interno y externo: si mi actitud festiva no la vivo, probablemente el traje externo tampoco tiene mucho sentido.
Pero claro, todo tiene un pero. La fiesta también tiene lugares y estos han de ser significativos. El otro día estaba en nuestra parroquia y entra un matrimonio con su hija - quiero entender así esa relación familiar - y cada uno comiéndose un helado: se sentaron en un banco; daba la impresión de hacer tiempo que no entraban en este templo, porque no dejaban de maravillarse de cómo estaba. ¡Había que ver la cara de felicidad a cada lametazo que le daban a su helado correspondiente. Helado, tertulia entre ellos... pero probablemente ninguno de los tres se decidió a comentarle algo a Rafael, que cual faro, estaba en su trono dándoles las buenas noches.
Sin embargo todo esto me llevaba a preguntarme si todavía en el siglo XXI no sabemos estar en el sitio que nos corresponde y de la forma que corresponde en función del lugar en el que estamos. La pregunta es fácil: ¿se puede comer un helado en la Iglesia?; ¿Se puede entrar con un refresco o un paquete de roscas, mientras voy de turismo por el citado templo observándolo? Les digo la verdad que me entra una duda tremenda.
Me dieron ganas de acercarme y comentarle a aquel matrimonio que no dejaran de visitar la Iglesia, pero después de acabar el helado; me dieron ganas de decirle a los jóvenes que entraron que lo hicieran después de acabar el refresco y el paquete de roscas... pero ¿ y si el helado es la disculpa para visitar una Iglesia, o las roscas, o el refresco?. Les confieso que me entró tal duda, que no les dije nada.
Duda como la que le entró al fariseo cuando le preguntó a Jesús que cuál era el mandamiento principal de la Ley. Probablemente la ley me diría que el templo es un lugar de oración y no es un lugar para almorzar o merendar o comer cualquier menú. Pero claro tengo que esperar la respuesta del Maestro que es amar al Señor y al prójimo como a uno mismo: si el helado ha sido la disculpa para entrar a orar o a conversar con un arcángel en medio, pues como diría mi abuela "bendito sea Dios"
La fiesta, como todo lo bueno, se acaba. San Rafael ha salido a la calle, ha tocado los corazones de los más fervorosos y de aquellos que se han quedado con la duda. Ha sido, seguro, el alivio de muchos enfermos que siguen viendo en Rafael el guía perfecto en el camino de sus dolencias, por ello es medicina de Dios.
Me gustaría que cuando acabara la fiesta nos quedemos con los buenos recuerdos que nos hicieron recordar y revivir lo más entrañable de nosotros mismos y sobre todo que nos preparemos porque el año que viene son setenta y cinco años y no es cualquier cosa.
¿Saben?: si amamos a Dios y a los hermanos, tendremos vida
Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 20 de octubre de 2017

EL 155! Y EL DOMUND


Les voy a decir que no pienso hablar ni de números primos, ni de ecuaciones de segundo grado ni de tantos por ciento. Tampoco quiero hablar de matemáticas, entre otras cosas porque nunca fueron mi
fuerte, probablemente porque nunca he tenido un profesor que me hiciera saborear, gustar y disfrutar de una asignatura que se me antoja que hoy es fundamental en muchos de los aspectos, hasta para que nos paguen la cláusula del suelo los que hicieron una hipoteca de su casa.
Pero estarán de acuerdo conmigo, que hay números que nada más verlos nos transportan hacia momentos, lugares, personas, hechos… que en algún momento pueden marcar o han marcado nuestra vida: si les hablo del 15 probablemente nos transporte a la niña bonita; Si les hablo del 22, pues lógicamente nos hablará de los dos patitos y así sucesivamente. Hasta diría que es entretenido.
Pero ¿si les hablo del 155?. Pues probablemente les pase como a mí con las matemáticas: si uno nace negado a la asignatura, pues ahí queda… y si el 155 es un número que significa amenaza, miedo, denuncia… se nos quedará grabado para toda la vida por el significado con el que lo hemos empleado. No me gustaría que eso sucediera: me gustaría que hubiese 155 razones para haber diálogo y conversaciones; me gustaría que hubiese 155 razones y más para los besos y los abrazos; me gustaría que hubiese 155 razones y mas para silencios y escuchas en un mundo amenazado por los ruidos que nos impiden escuchar al que tenemos al lado.
Este fin de semana celebramos el Domund. Antiguamente era el día de las misiones y quizás lo siga siendo hoy en día. Pero claro, como dice el lema de este año, hay que ser valientes para ser misioneros. Como valiente hay que ser para hablar del 155, como valiente hay que ser para dar testimonio de nuestra fe en los tiempos que corremos. Como valiente hay que ser para dar testimonio y no esconderse de que la fe merece la pena.
El evangelio de este fin de semana nos pide que tengamos una mirada profunda, que no juzguemos por apariencias. A veces en las situaciones reales de la vida (social, política, cultural, familiar….) juzgamos demasiado fácil y nos apuntamos al coro de los que condenan o absuelven sin escuchar a las partes implicadas.
El evangelio, nuestro evangelio, tiene que estar por encima de partidos y de ideologías. No lo convirtamos en un arma para atacar a los contrarios ni en un escudo para cubrir nuestros propios intereses. El evangelio nos tiene que llevar a evitar que nuestras opiniones sean manipuladas o usadas en favor de intereses particulares o partidistas.
“Pagar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. El evangelio se propone pero no se impone. Hoy los cristianos hemos de respetar las leyes consensuadas por las sociedades modernas y democráticas, pero también y desde la valentía que nos da el saber que el mensaje de Jesús merece la pena, hemos de ponerlo como alternativa humanizadora y liberadora. Si al respeto por la autonomía de los procesos sociales le sumamos la libertad interior y la mirada profunda del Evangelio surge una ecuación maravillosa para que los discípulos de Jesús seamos sal y luz.
¡Qué maravilloso es cuando a los discípulos de Jesús se les llama que son valientes!. Valentía que viene del convencimiento de que la verdad les hará
libres y esa libertad les permite que se pueda evangelizar sin cadenas. Maravillosa es la labor de tantos y tantos discípulos de Jesús que desde su convencimiento personal dejan atrás todo lo que les puede atar y entregan su vida en favor de otros. Probablemente también entre nosotros tengamos que ser valientes porque a lo mejor estamos en tierra de misión, y para ello hay más de 155 razones, por supuesto.
Por cierto, Felicidades al pueblo de San Rafael , que inicia sus fiestas en honor a su patrón.
Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 13 de octubre de 2017

¡QUÉ GRANDE LAS MUJERES EN LA IGLESIA!


Bueno, pues si la semana pasada era el tema del vino, (de la viña),
resulta que ahora le toca el tema a las bodas. ¡Si es que por ejemplo que no quede!. Dios se vale de todo lo habido y por haber para que después no podamos echarle en cara que no hemos oído o escuchado su invitación.
Este fin de semana nos vuelve a invitar. Nos invita a una boda. Nos invita a una fiesta, puesto que la boda es eso, fiesta. Y es que dentro de las invitaciones que podamos recibir a lo largo de nuestra vida y en contra de lo que pueda parecer, el Reino de Dios, su presencia en medio de nosotros, es una fiesta, es un motivo de alegría. A veces pensamos que la invitación que Dios en Jesús nos hace, es un tostón, siempre es lo mismo, no cambiamos el chip.... y es todo lo contrario: fiesta, alegría, vino como simbología de la fiesta, etc....
Pero claro. Dios invita, pero no obliga. Por ello el relato nos cuenta que va invitando a un grupo de personas y que cada una le va dando una disculpa, cada cual más peregrina: voy, pero tardaré un poco; ahora no es el momento; me pillas en mala ocasión.... en definitiva que los que en teoría tienen que ir, son los primeros en decirle que no. Eso me recuerda a muchos de nosotros cuando nos invitan a ciertos acontecimientos parroquiales, probablemente nuestras disculpas serán de las más variadas.
Este fin de semana, recordamos también a Teresa de Jesús. Una gran mujer, para un gran tiempo y para nuestro tiempo. Una mujer que en su momento fue capaz de remar contra corriente y mantener el tipo. Admiro a Teresa como mujer con coraje en una iglesia dominada por la parte masculina. Teresa fue la mujer que escuchó la invitación a la boda. Una mujer que a pesar de todas las dificultades que encontró en la vida, no puso disculpas.
Teresa, la de Jesús, escuchó y atendió a la invitación a la boda. Atendió y escuchó sin poner la disculpa que hace y dice sí pero no. Teresa no dudó en asistir con el debido respeto. ¡que grande es Teresa en la vida de las personas de su época y de las personas en la actualidad!.
Me gustaría acordarme de tantas y tantas mujeres que como Teresa, en la actualidad buscan su puesto dentro de la Iglesia. Muchas ya lo tienen y lo ejercen, y se le reconoce y valora; otras quieren y no pueden por infinidad de razones, pero entiendo que todas tienen que tener el puesto que tienen que ocupar.
Falta solo un detalle en la invitación a la boda: el traje. No se puede tener cualquier tipo de vestimenta para ir a tal acontecimiento. No todo vale en nuestra Iglesia. No todo vale en el mensaje de Jesús de Nazaret y por eso él lo tiene claro: ¡arrójenlos fuera y vayan a los caminos porque no se puede quedar la boda sin invitados. Me gustaría que analizáramos como vivimos nuestro mensaje evangélico; me gustaría que analizáramos como nos comportamos en nuestras celebraciones y sobre todo cómo damos testimonio de aquello que decimos que creemos y además lo tenemos como importante en nuestra vida.
Teresa de Jesús, es una mujer aguerrida y valiente. Teresa de Jesús, desde el silencio conventual es capaz de cautivar, motivar y estimular una conversación desde el interior, desde la verdad del corazón. Miremos de frente a Teresa y veamos en ella el ejemplo a seguir para poder acudir a la boda del banquete.

Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 6 de octubre de 2017

¿ A QUÉ NOS SUENA LO DE LOS PALOS?


¿ A QUÉ NOS SUENA LO DE LOS PALOS?
Alguien me preguntaba el otro día, "Paco, Dios ¿Cuándo habla?". En principio parece una respuesta fácil, pero al mismo tiempo tendemos a racionalizar la propia respuesta. Quizás estemos esperando una audición en toda regla, con una vocalización perfecta, y con un auditorio repleto para escuchar lo máximo. Pero... por más que pongamos el oído, probablemente nos quedemos con las ganas.
Pero Dios sí que habla. Habla en todos los idiomas y en todos los lenguajes, porque su idioma y su lenguaje es universal. Probablemente no hable con las mismas palabras que nosotros, pero no hace falta nada más que salir a la calle, ver lo que sucede y comprobar cómo habla Dios y cómo es la respuesta del hombre. Incluso, a veces, el lenguaje de Dios, puede ser un lenguaje duro, áspero, casi que parece que no tiene que ver con lo que Dios nos representa: unos jornaleros apalean al hijo del
viñador. Probablemente sean imágenes que en muchos lugares nos parecen recientes y cercanas y probablemente el hijo es el que menos culpa tiene. Casi como hoy en día.
La historia de la viña, tanto la de Isaías como la del Evangelio, parece una historia de un amor no correspondido. Parece la historia de un amor en la que no se habla el mismo lenguaje. Parece la historia de un amor que antes de nacer está destinado a morir. Es la historia de unas uvas que son agrazones, que son uvas que no sirven, pero ¡qué curioso que Dios se vale de lo que aparentemente no sirve, para dar a conocer su mensaje!.
Los viñadores no entienden el mensaje del amo. Los criados no son más que la representación de quien les paga y que ellos creen que es injusto. Menos mal que Dios, a veces, no habla nuestro idioma, puesto que si lo hiciera probablemente sería un Dios vengativo, justiciero, que andaría a palos todo el día y donde el diálogo, la reflexión... no tendrían cabida, como hace pocos días hemos visto en nuestro querido país.
A veces no sabemos o no queremos valorar aquello que tenemos. No sabemos o no queremos valorar aquello que el dueño de la viña ha puesto en nuestras manos y que sirve para ayudarnos a crecer y en la medida en que nosotros crecemos ayudamos a crecer a los demás. A veces nos comportamos como los viñadores: tenemos un montón de cosas a nuestro alcance, a la altura de nuestras posibilidades y no le damos el valor que realmente tienen y se merecen.
Dios sigue dando segundas oportunidades. Por eso y como lo recalca Isaías le darían ganas de arrancar la viña y convertirnos en eriales. Pero no, nunca abandona a sus hijos, nunca dejará que le den palos, siempre estará abierto al diálogo de quien quiere dialogar y escuchar. Dos no discuten si uno no quiere.
Esta semana hemos celebrado la fiesta de uno de lo grandes de la historia, de Francisco de Asís. Un pequeño hombre de estatura, pero un gran hombre de corazón. Un hombre que supo oponerse a todo lo que se le ponía en su camino y renunciar a lo que más quería que era su familia, sus amigos, la herencia de su padre.... Un hombre apaleado por la propia vida, pero un hombre que supo entender que la vida, la vida de Jesús de Nazaret, no es una tarea fácil y que exige renuncia y aceptación al mismo tiempo de aquello de lo que estamos convencidos.
Francisco, "ve y repara mi iglesia que amenaza ruina", le dijo el Cristo de San Damián. El ni corto ni perezoso se pudo manos a la obra, pero una obra que no era de manos pero sí de corazón. Probablemente a Francisco, nuestro Papa, el Cristo le dijo lo mismo: había que reparar la Iglesia, había que ser ejemplo para el mundo, había que fomentar la concordia entre todos para hacer una vida más saludable, sana y en paz.. No nos olvidemos que contar votos en una Iglesia no es precisamente el mejor ejemplo del que hablaba Francisco.
Probablemente todos nosotros tenemos mucho que aprender, incluidos nuestros políticos. Con palos ni los burros, pero con amor hasta el fin del mundo. Cuidemos nuestras viñas, porque probablemente si nos faltan las echaremos de menos.

Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 29 de septiembre de 2017

¿CUÁL ES NUESTRA ETIQUETA ESTE FIN DE SEMANA?


¿CUÁL ES NUESTRA ETIQUETA ESTE FIN DE SEMANA?
Les digo la verdad que puede ser un fin de semana complicado: probablemente nos entiendan aquello que no queremos decir y decimos aquello que otros interpretan como un alegato a lo que cada uno pretende. No es un juego de palabras, aunque lo parezca, pero es que además los motivos que nos ocupan, lo requieren.
El evangelio de este fin de semana (Mateo 21, 28) nos habla del “ sí
pero no y del no pero sí”: “vete a trabajar a mi viña”. En una sociedad en la que los trabajos no nos sobran; en una sociedad en la que los trabajos escasean; en una sociedad donde seguimos pretendiendo que los trabajos nos los lleven a casa, se sigue diciendo vete a trabajar a mi viña.
Pero no solamente eso. El seguir diciendo que hay que trabajar en la viña supone y exige una respuesta. Una respuesta adecuada a lo que se pide. El viñador es exigente, pagará según lo trabajado y volverá a contratar en la medida en que respondamos a sus exigencias, que nunca serán de una dictadura, sino desde el amor que corresponde en cada momento y en cada lugar.
Tengo claro que no es lo mismo el remordimiento que el arrepentimiento. Probablemente el remordimiento me hace encerrarme en mí mismo, meterme en un cascarón cual tortuga en momento de peligro y probablemente mi remordimiento nunca va a desaparecer y que cada que lo recuerdo vuelvo a sentir remordimiento. Quizás pueda ser lo que puede suceder en otros ámbitos a partir del mes que entra.
Pero el arrepentimiento no me encierra en mí mismo, sino que me pone delante de un tú, frente a alguien y lo que me duele es tanto el acto en sí mismo, cuanto haber fallado a esa persona, a su confianza, a su amor. El arrepentimiento no me condena al pasado, sino que me proyecta al futuro a no volver a fallar a esa persona.
Este fin de semana se nos invita a trabajar por el bien, en una viña, en un mundo probablemente ávido de trabajadores. Muchos decimos que vamos, muchos decimos que hay que ser solidarios, decimos que hay que ayudar a los que lo necesitan, que hay que reformar estructuras porque las que existen ya están caducas y…. al final no vamos, al final no hacemos absolutamente nada.
Otros, probablemente tengan el no por delante. No quiero comprometerme con nada ni con nadie, no quiero más grupos en la parroquia, no quiero comprometerme con ninguna ong… pero al final acabo cediendo porque en el fondo así lo siento y…. me arrepiento y por ello paso a la acción y hago aquello que en un principio dije que no. ¡Que bonita la sinceridad de quien quiere trabajar y al final lo consigue!
Probablemente este fin de semana sucederán cosas que a todos nos tienen que hacer pensar: nos podemos arrepentir de no haber hecho muchos hechos (dialogar, reflexionar, convocar a conversar….) y ese arrepentimiento nos tiene que llevar a mirarnos en el espejo de nosotros mismos y llegar a la conclusión de que la sinceridad, la humildad, … tienen que ser la bandera que enarbole nuestra existencia para siempre.
Por el contrario si vivimos con el remordimiento de lo que tenemos que hacer y no nos da la gana de hacerlo es como el hijo que dice que voy y no va. Se nos puede condenar a un pasado obsoleto del que me alimento porque no quiero renovarme en el sentido más estricto de la palabra.
Analicemos y veamos nuestras comunidades. Veamos nuestras posibilidades y disponibilidades y respondamos a la llamada que Jesús de Nazaret nos hace. Descubramos lo que Jesús, a través de la vida, de los hechos diarios nos quiere ir comunicando. Si lo hacemos probablemente haremos real lo que Pablo en la carta a la comunidad de Filipos le dice: “hagan las cosas como si el propio Jesús las hiciera”
A partir de ahora no traicionemos nuestra conciencia y respondamos a la orden vayan a trabajar a mi viña
Hasta la próxima
Paco Mira