viernes, 29 de mayo de 2020

" UN POCO DE ESPÍRITU, POR FAVOR"

No hace mucho, viendo un programa de televisión (de bastante audiencia, por cierto), el presentador comenzaba diciendo que iba a hablar de la edad. Y resulta que él tiene cuarenta y ocho años reales, por almanaque, pero que genéticamente tiene unos cuarenta y dos años. Claro los compañeros de programa que estaban con él, empiezan a preguntarse que cómo se puede hacer una distinción de edad de esa manera y él dice que ha pasado unas pruebas: estudios genéticos, fuerza en las manos, etc... y concluye que es más joven - o al menos se siente así - que lo que le pone el carnet de identidad. Claro, una cosa es la edad y otra, el espíritu de esa edad.
Traigo esto a colación, porque este fin de semana es Pentecostés. Dicho de otra manera: el nacimiento de la Iglesia de una manera oficial. Claro si le hacemos a nuestra querida Iglesia la prueba del presentador de televisión, de cuántos años puede tener, pues a lo mejor nos llevamos una sorpresa o por el contrario creemos que estamos dentro de unos parámetros que podrían ser mejores o de otra manera. Podemos tener dos mil años y ser joven o dos mil y...
Nuestro "amigo covid 19", probablemente sea el termómetro de muchas cosas a partir de ahora. Cosas que nos parecían intocables y que en un intervalo muy cortito de tiempo nos ha llevado a plantearnos la vida de otra manera y de otra forma. En dos meses hemos pasado de la poltrona y de estar bien y que no nos muevan, de iglesias abiertas y que entre el que quiera, a una situación que en algunos casos se me antoja hasta dramática. Se ha producido un cambio, que incluso intuyo que hasta no puede ser malo.
Claro, a nivel eclesial, probablemente ahora estamos viendo la medida de nuestro compromiso evangélico. A partir de ahora vemos como es nuestro testimonio pascual de un Jesús resucitado ante la sociedad que nos rodea: si ahora que están abriéndose los templos y a los que por el momento no debe ser factible para las personas mayores, por ser potencialmente de riesgo y la asistencia no es mucha, luego lo que teníamos era un cierto espejismo de una generación que gracias ella mantenía las puertas abiertas.
Ahora que celebramos Pentecostés, es cuestión de pedir un poco de Espíritu y si puede ser con educación: por favor. Seguro que cada vez hay más los que dicen que creen en Dios, pero no en la Iglesia ni en los curas. Sin duda no les falta razón y tiene que ser así: Dios primero y antes que nada, pero también hay que plantearnos por qué la segunda parte no acaba de encajar.
Nuestra querida Iglesia, aquella que surgió con un montón de dudas en Pentecostés, que incluso tenían las puertas cerradas por miedo, da la casualidad que hoy también tiene un montón de dudas, también tiene un montón de puertas cerradas, tiene miedo a abrirse... y es que es maravilloso que esa Iglesia no es algo abstracto, sino que está formada por un montón de gente bautizada y que formamos eso que precisamente llamamos Iglesia.
Gente que somos caminantes de los tiempos y de diferentes lugares; caminantes de la historia de la que formamos parte con aciertos, pero también con un montón de errores y que gracias a que los reconocemos somos capaces de levantarnos y de continuar adelante. Pero eso no se podría hacer, si nuestro Espíritu no nos impulsara a ello.
Dice el evangelio de este fin de semana que "a quienes les perdonen los pecados...". El covid 19 nos quitó la venda de cosas que podemos hacer sin por qué marcarnos una fecha. Muchos se lamentan de no poder despedirse de sus seres porque no esperaban esto. Aprovechemos Pentecostés para la escucha, el diálogo, la sonrisa, el silencio... dejemos que Dios hable por medio de los acontecimientos y escuchemos lo que nos dice: "La paz esté con ustedes".
Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 22 de mayo de 2020

TODOS LOS VIAJES TIENEN ALGUNA INCERTIDUMBRE


¡A quien no le gusta viajar!. Creo que si hacemos una encuesta son pocos, muy pocos los que renieguen de la posibilidad de hacer algún viajito, no solo a lo largo de su vida, sino con cierta frecuencia: si puede ser todos los años, mejor que cada dos o tres años. Pero claro no todos los viajes son de la misma índole.
Todos los pueblos tienen su propia sensibilidad: hay pueblos que les cuesta más salir de su casa; hay pueblos a los que no le importa salir con más frecuencia; hay pueblos que tienen que salir por obligación, .. pero todos los viajes tienen su pequeña o gran incertidumbre. Y si no que se lo pregunten a tantos y tantos familiares nuestros que en algún tiempo han tenido que viajar al extranjero, eso que se llamaba y se llama emigrantes, que se iban como común mente se dice "con una mano delante y otra atrás", es decir ,con lo puesto; con esa cara de asustados por no saber lo que se iban a encontrar... muchos, por desgracia, no volvieron y otros volvieron y con el sudor y las lágrimas del destierro fueron capaces aquí de sacar a su familia adelante.
Pero también ha habido quienes han tenido que salir de su casa, viajar para estudiar, formarse, labrarse un futuro... y ¡ quien no recuerda esas lágrimas de una madre cuando ve partir a su hijo o hija hacia lo desconocido, aunque este sea o esté cercano!, ¡quién no recuerda el anuncio de "vuelve a casa por Navidad" que a tantos ha enternecido!. ¡Cuantos viajes tiene la vida, e incluso con finales distintos!
Cuento todo esto, porque la liturgia de este fin de semana, habla de un viaje. Jesús se va. Vuelve a sus orígenes, va al lugar del que ha salido y que en más de una ocasión nos dice y recuerda que allí nos espera. Casi como un padre emigrante que le dice a su hijo, "si no puedes ahí, vente que yo aquí te consigo algo". Celebramos la Ascensión, uno de aquellos jueves reconvertidos a domingo que se nos enseñaba que había tres jueves en el año que relumbraban más que el sol. jueves santo, corpus y la ascensión.
Pero claro, la Ascensión tiene letra pequeña, aquella que nadie o casi nadie lee, precisamente por eso, por ser pequeña. La letra pequeña de este domingo es la respuesta de los ángeles a los Apóstoles: "¿qué hacen mirando al cielo, varones sin alegría?". La vida continúa, tiene que continuar. Nunca debemos de bajar la guardia, lo que ahora nos toca es poner en práctica lo que hemos o lo que hemos dicho que habíamos aprendido.
El hijo, cuando se va a estudiar, intenta poner en práctica todo lo que su madre le había enseñado, aunque se equivoque: la cama, la lavadora, pasar el cepillo o la fregona.... Nosotros a nivel evangélico, ¿qué aprendimos o estamos aprendiendo?. Siempre se dijo que la vida no era fácil y la pandemia nos ha puesto a prueba a todos. Probablemente en esta pandemia lo más fácil es no pararse a leer la letra pequeña porque hay "otras ocupaciones" que en teoría son más importantes.
Alguno le diría a sus familiares: " te lo dije, no tendrías que haberte ido". Quizás muchos se lo dirían a Jesús que no tendría que haberse ido. Pero es la hora de nuestra mayoría de edad. Es la hora de afrontar la realidad de esta maravillosa aventura llamada vida. Es la hora de poner en práctica todo aquello que hemos aprendido y sobre todo que los que nos vean no digan que somos unos amargados de la vida o que somos unos varones sin alegría.
Por que no nos olvidemos que aunque físicamente no le veamos, él estará con nosotros hasta el final de los tiempos
Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 15 de mayo de 2020

¿HAY ALGO BUENO, DENTRO DE LO MALO, EN EL CORONAVIRUS?


Volviendo un poco al hilo conductor de la semana pasada en la que les contaba un poco parte de la historia de mi abuela, claro yo le preguntaba que cómo seria el "después" de aquellos desagradables acontecimientos bélicos. Claro, ella me decía que ya la vida no podía plantearse de la misma manera, porque los hechos históricos, aunque no quisieran, obligaban a que fuera la vida de otra manera. Nada sería, ni podía ser, como antes. Aprendieron a valorar aquello que tenían, pero que se les esfumó de una manera nada pensada. Muchos seres queridos se fueron sin un hasta luego o un adiós.
Estos días, cuando pensaba cómo reflexionar estos domingos, me venía a la cabeza - no solamente a mi abuela - sino el cómo será el después. Mejor todavía, ¿aprendimos algo bueno de lo malo?; incluso también podemos preguntarnos si, ¿de lo malo se puede sacar algo bueno?. Pues yo creo que sí. Creo que podemos empezar a tomar recortes de muchas cosas que hasta ahora, como autosuficientes, no hacíamos y que ahora podremos empezar a valorar y a tener en cuenta.
Vivíamos (¿vivimos?) en un mundo que corría o corre demasiado deprisa. Es más, tenemos prisa en la desescalada, queremos, no cumpliendo con los protocolos establecidos, que la vida vuelva a tener la velocidad que tenía tan solo hace dos meses. Sin embargo creo que la señal de stop tiene que ponerse delante de todos y cada uno de nosotros. Ya no puede ser la vida como antes.
Nuestro mundo tenía tanta prisa que no teníamos tiempo para las conversaciones familiares, entre padres e hijos, entre matrimonios. Creo que es bueno que ahora nos planteemos tener como obligación esa conversación. Provocar y buscar ese espacio. Teníamos prisa para acostarnos porque al día siguiente el trabajo era duro y no teníamos tiempo para compartir como nos había ido el día. Apaguemos el tv y dediquemos tiempo a compartir. Teníamos prisa para vestirnos por la mañana, para el desayuno, para llevar los niños al colegio.... y no acabamos disfrutando nada de nada.
Teníamos prisa en nuestra vida, que no demostrábamos nuestros sentimientos. No dábamos besos, no acariciábamos, no abrazábamos, no visitábamos.... a muchos de esos a los que no teníamos tiempo para cumplir con lo anterior, ya están en la casa del Padre y ahora seguro que si volviéramos la vista atrás le daríamos todo lo que no dimos en su momento. Aprovechemos a partir de ahora para compartir sentimientos, para besar, para acariciar, para abrazar... no nos quedemos con la tristeza de no haber cumplido con la obligación que el corazón nos impone.
Este fin de semana, el evangelio nos habla del Espíritu de la verdad y del amor del Padre y del Hijo. El Espíritu no es algo imperativo e impositivo, es un Espíritu de amor que nos lleva a descubrir a los demás como parte de nosotros y a los que tenemos que amar como él nos ha amado.
También hasta ahora teníamos prisa. Esa prisa nos llevaba a no tener tiempo para el Padre, como muchos hijos no tuvieron tiempo para sus padres. Es un tiempo nuevo y así tenemos que verlo, y que tenemos que plantearnos la vida de otra manera. Tiene que morirse la prisa, tenemos que tener tiempo o buscarlo para compartir aquello que es importante. Quien está convencido de lo que realmente vale la pena, les pasa como a los Apóstoles que imponían las manos, y la gente se llenaba de lo que realmente merece la pena.
Ojala, que dentro de lo malo, aprendamos algo bueno

Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 8 de mayo de 2020

YA LO DECÍA MI ABUELA

Sin duda ha sido una de las personas que marcaron mi infancia y seguro que mi adolescencia: mujer cercana, dialogante, complaciente, alegre... me imagino que, con esta descripción, seguro entran muchas abuelas de nuestro universo familiar. Siempre las abuelas han tenido - por lo general - buen cartel y es curioso que muchas de esas abuelas son suegras y ese cartel no es el mismo. Pero bueno, a lo que voy. Ella, que vivió la postguerra civil, la segunda guerra mundial y lo posterior... me comentaba que lo peor de esa situación era que teniendo, en muchos casos, dinero no se podía comprar porque no había nada en las tiendas y que por desgracia, a veces, se daba el negocio sucio de contrabando con la comida. Me comentaba que las colas para poder adquirir algún producto básico, eran interminables, y los cabreos por ello eran frecuentes.
Esta pequeña historia, me viene a la mente porque estos días he visto en los informativos cómo en la ciudad de Lugo las colas para coger comida en algún puesto de asistencia religiosa era interminable; también veía cómo en el barrio madrileño de Vallecas, unas monjitas también repartían comida a los más necesitados; veía como en mi pueblo, la cola de caritas era notable para poder coger algo de comida... ¡Cuántas historias reales se estaban contando en esas colas!, ¡Cuántos dramas personales y familiares estaban siendo escuchados y oídos por los que atendían esa cola!
Se me caía el alma a los pies cuando estos días escuchaba a un Vicepresidente del gobierno, de nuestro gobierno, decirle a la Conferencia Episcopal Española que "hasta donde yo sé, su jefe está en Roma". Veo que este hombre, con todos mis respetos y espero que él también los tenga a todo el mundo, no entiende bien de qué va el tema. El Jefe, mi Jefe es mi hermano porque tenemos ambos el mismo Padre. Un hermano que dice con frecuencia y lo
recalca este fin de semana: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Quiero creer también que todos los que estaban en la cola de Lugo, de Vallecas, de Vecindario, de cualquier otro lugar en el que se hace cola por necesidad... reconocen - sin querer - donde está el Camino, la Verdad, y sobre todo la Vida. Me resulta curioso que nadie hace las mismas colas en la puerta del Congreso, en el Palacio de la Moncloa, ni en la casa de ninguno de los Vicepresidentes de nuestro querido gobierno... aunque la necesidad familiar sea la misma, la historia desgarradora de cada uno de ellos sea igual....
Mi querido sr. Vicepresidente: Mi Jefe, a nivel religioso, no existe ni está en Roma. Seguro que en Roma está quien modera y coordina esta maravillosa familia que llamamos Iglesia. Una Iglesia que se equivoca, que comete fallos, que no siempre es perfecta y que peca, pero como cualquier familia y esto no es disculpa para la nuestra. Pero una Iglesia que abre sus puertas para dar de comer a quien lo necesita, pero sobre la marcha. No hay que esperar a que la burocracia de documentos oficiales haga retardar el ruido de las tripas de quienes tienen hambre, ni les dicen: vengan dentro de quince días.
Veo que las colas de las que me hablaba mi abuela en tiempos de guerra, no son tan extrañas después de tanto tiempo. Pero seguro que quienes atienden las colas a los necesidades, son hombres y mujeres de Espíritu como dice el libro de los Hechos y no solamente eso, sino que estoy con Pedro cuando en su carta nos comenta que son (¿somos?) raza elegida. Y seguro que van en busca del Camino, la Verdad y la Vida

Espero que nuestros gobernantes aprendan a valorar lo bueno mucho que hay en nuestra familia que llamamos Iglesia

Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 1 de mayo de 2020

LA PUERTA NO SE ABRE SOLA


Hace algún tiempo que un compañero de trabajo me comentaba que nunca había entendido este evangelio: que qué tenía que ver el cristianismo, los cristianos, la gente de a pié... con un aprisco o rebaño de ovejas. Me preguntaba incluso si no habría otro ejemplo mejor que el de las ovejas. La verdad es que en un principio me dejó pensando si no tendría razón, pero después me di cuenta que a veces en la Iglesia, en nuestras catequesis, los que somos agentes de pastoral.... no explicamos como deberíamos explicar muchas de las imágenes que aparecen en el evangelio.
Cuando estamos viviendo una situación como la de ahora: de dolor, de sufrimiento, de contagio, de miedo, de quedarnos encerrados en casa, de cumplimiento o incumplimiento de las normas... me viene a la cabeza la imagen de mi amigo. Si fuera ahora se lo explicaría mejor. Mejor que en aquel momento - y si fuera ahora también - no lo entendiera.
No somos ovejas. No somos animales, pero sí tenemos un padre que mima, cuida, besa, acaricia, sonríe, aplaude, canta, y muchas más cosas. Un pastor, que realmente cuide y quiera a su rebaño, seguro que conoce por su nombre, mima, acaricia, canta... a sus ovejas. Dios es igual con nosotros.
Me emocionaba cuando en esta semana un grupo de trabajadores salía de un encierro voluntario en una residencia de ancianitos. Dejaron su familia, sus hijos, sus cosas y se quedaron con los viejitos para que estos no se contagiaran. Lo más fácil sería salir corriendo y que el último se las apañe. Pero no. Después de más de treinta días los han dejado sin ser contagiados. ¿Ven?, Dios mima, cuida, abraza, acaricia, sonríe... a cada uno de nosotros y eso es emocionante o por lo menos debe emocionar.
No sé cual ha sido la intencionalidad de los que trabajaban en la residencia, ni en tantos y tantos hospitales. Muchos porque es su trabajo y tienen que comer a fin de mes. Pero muchos también que no teniendo turno, que pudiendo no ser contagiados, que pudiendo ir con su familia y disfrutar de su compañía, que pudiéndose quedar en la tranquilidad de su hogar.... sin embargo han decidido dar un giro y un sentido a su vida.
Muchos de los que han estado "al pie del cañón", tienen una connotación religiosa. Para muchos Jesús es la puerta que les ayuda a poder sobrellevar la situación. Veía a un médico como antes de entrar a trabajar rezaba. Alguno miraba con cierto recelo, pero otros seguro que le admiraban.
Pedro en la segunda lectura nos recuerda "si obrando el bien soportan el mal, hacen una cosa hermosa ante Dios". No se trata de ser masoquistas y poner el acento en el sufrimiento como algo positivo, sino que lo que hagamos, teniendo presente que Jesús camina con, por y para nosotros. ¡Cuántos ejemplos de entrar por la puerta que se llama Jesús se están dando estos días!. ¡Cuántos obrando el bien, el cariño, la cercanía, el aplauso...están soportando el mal!
No quiero acabar sin recordar dos cosas. El domingo se celebra el
día de la madre. Estamos convencidos que es todos los días, pero sin duda las madres han sido el GPS que nos han llevado a Jesús, han sido en muchos casos la puerta por la que nos han hecho entrar en ese redil maravilloso que llamamos Iglesia, y nos han enseñado a conocer al pastor Jesús. Cuidémoslas, mimémoslas... son únicas
Demos ejemplo también nosotros. Muchos agentes de pastoral probablemente ni nos acerquemos, para abrir la puerta y dar ejemplo; muchos ni nos acercamos a un medio de comunicación social para compartir "on line" la fe. Si preguntamos cuantos vemos la misa de la tv, de la radio... pues seguro que nos sobran dedos de la mano, porque sencillamente no es prioritario, y a lo mejor damos catequesis o estamos en liturgia o somos de un coro.
No nos olvidemos que Jesús sigue siendo la puerta, pero esta no se abre sola. Tenemos que poner de nuestra parte.

Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 24 de abril de 2020

PERO, ¿NO ME CONOCES?

 carta


Cuando llegan los carnavales, y uno se pone algo encima con la finalidad de divertirse, de que no lo conozcan, de disimular para ser diferente...siempre pregunta, pero , ¿no me conoces?. Si quien se disfraza lo hace con gusto seguro que el otro interlocutor responderá pues no. Incluso hay veces que a quien le preguntamos es alguien muy cercano: padre, madre, ... alguien con quien habitualmente convivimos y nos rozamos. Pero la respuesta es clara: pues no te conozco.

Estos días, que estamos viviendo situaciones complicadas, en los programas de radio o de televisión, la pregunta suele ser siempre la misma: Cuando esto termine, ¿qué vamos hacer?. Las respuestas siempre son de lo más variopintas: recuperar el ritmo perdido de la vida normal, ir a visitar a mi madre o a mi padre que llevo tiempo que no los veo... Lógicamente la preocupación por el trabajo o la situación económica entra también dentro de los parámetros que preocupan. Incluso hay gente que vive todavía con una gran duda sobre el futuro, entre otras cosas porque esta situación le pilló con el paso cambiado y no sabe lo que va a ocurrir ni cuales van a ser sus prioridades a partir de la "normalización".
Cuento esto, porque creo que a nivel de fe, nos puede pasar como aquella pareja que iba camino de la aldea: ¿quién iba a pensar que nos íbamos a quedar sin semana santa presencial, por ejemplo ?. Muchos cristianos han (¿hemos?) tenido que hacer una recomposición mental para adaptarnos a la nueva situación: las nuevas tecnologías nos han permitido ver y participar del servicio, sacrifico y resurrección en la distancia.
Para la gente que iba camino de Emaús, que aquel hombre en el que habían confiado, lo hubieran matado, supuso un antes y un después, supuso una ruptura que nadie se esperaba, supuso que todos los esquemas mentales y personales que se habían creado, se cayeran por tierra. Pero triste es también que aquel hombre preguntara que qué es lo que había pasado para que todo el mundo estuviera triste. Pues debes de ser tú el único que no sabe lo que ha pasado. Dice el texto, que lo reconocieron donde tenían que hacerlo, en la fracción del pan.
Me viene a la mente que ese Pan que se parte y se reparte, es el pan que se está repartiendo y partiendo en infinidad de lugares donde el altruismo es patente y donde sobre todo el convencimiento de tener que dar lo mejor de cada uno en favor de los demás es lo que tiene que prevalecer. Nuestro mundo, por culpa de lo más mínimo, como ha sido un virus, ha provocado un antes y un después en nuestras vidas.
La grandeza de un tal Jesús de Nazaret es la de provocar un antes y un después en nuestras vidas. Unas vidas que tienen que estar marcadas por esa fe que se tiene que compartir, por coger fuerzas gracias a un Pan que se parte y se reparte. Comenzaba estas letras diciendo, pero, ¿no me conoces?. Me quiero acordar de aquellos que a través de su móvil personal hacen posible que muchas familias se encuentren en un hospital a través de la distancia; ¿no me conoces? y me acuerdo de aquellos que se están contagiando pero quieren seguir en la brecha porque la vida de otros es más importante que la propia, donación y entrega total.
¡Que pena que no conozcamos o no queramos conocer al Jesús del siglo XXI. Es un Jesús que camina con nosotros, que baja a la aldea, que viene al Emaús de nuestras vidas, que está en los avatares diarios y que a veces no son los mejores.
Ojalá que podamos decirle siempre: quédate con nosotros, porque la tarde va declinando, pero quédate para siempre.

Hasta la próxima
Paco Mira

viernes, 17 de abril de 2020

EL SABOR DEL ENCIERRO


No se puede salir a la calle. Aquí no entra aquello de "poder puedo, pero no debo". Es verdad la frase, pero las multas desaconsejan el que lo intentemos y sobre todo por convencimiento personal que hay cosas en la vida que hay que cumplir y que no pasa nada por quedarnos.
Cuántos de nosotros hemos dicho en alguna ocasión: ¡tengo unas ganas locas de quedarme en casa un tiempo! y no solamente quedarnos en casa sino con las puertas y ventanas cerradas. Pero claro al principio todo era maravilloso, sobre todo la primera semana, pero en la medida en que van cayendo los días, esto - a algunos - se les hace interminable: ¿cuando podremos salir a la calle?.
El quedarse en casa puede ser una buena oportunidad para fomentar aquello que normalmente a lo largo del año no practicamos: el dialogo familiar, el interesarnos por problemas del que tenemos al lado, compartir la fe aunque sea por los medios de comunicación social, echar en falta aquello que normalmente tenemos y ahora no podemos tener, habituarnos a ciertas costumbres que en condiciones normales no haríamos, etc...
Pero claro si eso lo hacemos por miedo, pues mala es la cosa. Si lo hacemos por miedo a contagiarnos - por ejemplo - no tiene sentido el punto anterior puesto que lo que hacemos es engañarnos a nosotros mismos. Si solamente fomentamos el diálogo familiar, o la comunicación por miedo, pues no sirve de mucho. Hay que tener cierta valentía para hacerlo a lo largo de todo el año y no solamente en períodos de confinamiento. Hay que saborear los encierros aunque estos sean por causa de un virus.
Algo parecido me da la impresión que les sucedió a aquellos amigos que se habían quedado huérfanos de su gran amigo que les había marcado sus vidas para siempre. Tal les dejó marcada la vida que a raíz de aquel momento ésta cambió por completo. Pero... tenían miedo. Un miedo que les lleva a encerrarse, un miedo que les lleva a recluirse en sí mismos, un miedo que les lleva a no gritar una realidad en la que ellos habían creído: que había resucitado.
Hoy nosotros también tenemos miedo. Muchos tienen miedo. Cerca de veinte mil personas ya se han ido con Padre Dios y no sabemos cuántos más se van a ir dentro de poco. Esta crisis nos ha demostrado lo que el Papa nos ha dicho. ¡qué vulnerabilidad tiene la vida del hombre!. Pensamos que con haber ido a la luna, que con tener el móvil más sofisticado que existe, que podemos hablar con cualquier país del mundo en tiempo real.. y sin embargo la insignificancia de un virus.... nos ha tumbado
Aquellos hombres que nos presenta el libro de los Hechos como de una vida idílica, cosa que yo no me creo tanto, igual que nosotros hoy, en nuestro encierro, también hay quien nos dice "la paz esté con ustedes". Una paz representada en la sonrisa y alegría resucitada de tantos y tantos sanitarios
que aún contagiados del mismo virus siguen dando su vida, cual Jesús de Nazaret, para seguir salvando vidas; Una paz que se convierte en aplauso resucitado cuando cada uno de los enfermos abandonan un hospital y quienes les han atendido se lo agradecen (cuando a lo mejor debería ser al revés); una paz que se convierte en un himno resucitado cuando cantamos resistiremos ante las adversidades de la vida, puesto que la muerte no tiene la última palabra como nos lo ha recordado Jesús de Nazaret.
Sigamos en la lucha. Y si tenemos que ser como Tomás y meter la mano, que no nos tiemble el pulso y hagámoslo porque la resurrección es el santo y seña de nuestra identidad de cristianos. Saboreemos, desde el confinamiento, (del encierro), la resurrección de Jesús en los pequeños detalles.

Hasta la próxima
Paco Mira