Pues ya está aquí. De nuevo nos vuelven
a tocar en la espalda y cuando miramos, nos dicen ":¡hola!, soy
cuaresma". Claro, si esto me sucede en la calle lo más probable es que mi
cara no reflejaría la intención de la persona con la que me encuentro. Pero es
curioso que todos los días, sea o no cuaresma, hay alguien que me lo repite y
me lo dice hasta la saciedad: "hola, soy cuaresma". Y me lo dice no
en la calle, sino en esa imagen tan bonita que utiliza el evangelio y que se
llama desierto y que nosotros traducimos, no se si adecuadamente, por vida. No
sé si la vida y el desierto tienen mucho que ver.
Por eso me gusta la comparación del
desierto, porque no existe, como dirían los magos malos de las fiestas de los
pueblos, ni trampa ni cartón, en el fondo es pura realidad. Y mientras nosotros
no seamos capaces de asumir esa realidad, quizás la cuaresma, la bendita
cuaresma, todavía no se hace realidad.
Me resulta curioso que el evangelio de
este primer domingo (Marcos,
1,12), dice que "Jesús fue empujado al desierto". No dice que él fue
porque le dio la gana. Prueba evidente que Dios quiere que su hijo cumpla a
rajatabla la realidad de la encarnación, uno igual que nosotros. Nosotros,
igual que él también estamos empujados al desierto, estamos conviviendo en la
aridez de un mundo donde el calor de la indiferencia es abrasador y donde los
visos de esperanza de que caiga una gota de agua que alivie ese calor, cada vez
son más escasas.
El diablo sigue actuando en el desierto
de la vida. Mientras existan gente que por el hecho de ser cristianos son
pasados a cuchillo, es una señal de que no tiene oposición. Mientras exista en
nuestros corazones la indiferencia hacia las pateras o hacia la gente que salta
las vallas en las fronteras en busca de una realidad mejor, es señal que el
diablo sigue estando a gusto entre nosotros. Mientras exista gente que tiene
que revolver en los contenedores de nuestros desperdicios en busca de algo
(quizás podrido) para llevarse a la boca o a la boca de sus hijos, es que el
diablo no tiene trabas para ejercer su labor.
Quizás habrá que preguntarse como el
Papa Francisco, "¿dónde está tu
hermano?". Y nosotros cuando la cuaresma nos toque en la espalda y
miremos para ella, le respondamos, ¿es a mí?. A veces da la impresión que nos
movemos como peces en el agua siendo abogados del diablo. Defensores, por no
mojarnos, de una realidad que de boquilla siempre estaos diciendo que es
injusta, que habría que buscar otra, pero que no hacemos nada por cambiarla.
Una vez más se nos llama al cambio, a
la conversión. ¿Por qué no nos dejamos de pamplinas y empezamos a demostrar que
nuestro hermano se llama Jesús de Nazaret?. Dios no tiene prisa. Pedro, en su
primera carta, dice que Dios tiene paciencia. ¡ es que los padres siempre
tienen paciencia con sus hijos!. Amigos, bendita la cuaresma. Bendito el tiempo
que se nos ofrece para volver la mirada a Dios y preguntarle qué no estoy
haciendo bien que el diablo parece que a veces gana la partida.
Démosle jaque a quien es perdedor antes
de comenzar a jugar. No dejemos que mueva la ficha. Seamos el ejemplo claro que
nos convertimos y creemos en la buena noticia llamada evangelio y que el
desierto no tiene por qué ser nuestra casa, sino un lugar de paso, de paso
rápido, porque el sol nos quema en exceso.
¿lo intentamos?
Hasta la próxima
Paco Mira





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