PROPAGAR
LA FE SIN VELOCIDAD
Cuando uno era más chico que ahora, en el colegio, recuerdo con cierta nostalgia la llegada del
día del Domund. Recuerdo que nos ofertaban unas huchas, algunas con fotos de niños
de otro color, y a lo largo del fin de semana quedábamos un par de compañeros
para intentar llenar aquella hucha que, por otra parte, parecía no tener fondo.
Era curioso que tenía como un sello de plomo para que no hubiera tentación para
los amigos de lo ajeno. Pero creo que estos no se atrevían, por la situación
política de la época, con tan buena y
maravillosa causa.
Al mismo tiempo, el Domund, era una disculpa para que tus padres, en un
sistema austero de educación, te dejaran salir a la calle para una tan buena y
noble causa. Claro ahora, ya no se ven huchas; da la impresión que hay que
pedir de otra manera: quizás una cuenta bancaria, quizás un programa de no se
qué solidario, quizás un donativo personal.... pero todo aquello que huela a
fomento de solidaridad religiosa, de entrega, de generosidad, ... no tiene que
ser muy abierto.
Es curioso como hoy, siglo XXI, en
que la velocidad de los ordenadores es casi ilimitada; hoy que en tu casa te
ponen fibra óptica y con no sé cuantos megas de velocidad; hoy que mandas un
mensaje y al momento llega a las antípodas de donde estamos, incluso guardamos
datos en una nube (¡ay si Heidi levantara la cabeza!).... hablamos de propagar
la fe, como el que planta fuego en algún lado y éste se propaga, y como tal
fuego hay que apagarlo.
Es significativo como hay cosas que
no van con la modernidad, porque nunca han pasado de moda y no tienen por qué
ir a la velocidad supersónica de no se qué aparato: el diálogo familiar no
necesita de nuevas tecnologías y de mucha velocidad; el tener tiempo
para
compartir no necesita de muchos megas, más bien de cierta dosis de
tranquilidad; el tener paciencia con los mayores, no necesita de grandes fibras
ópticas; el que visita a los enfermos no necesita de muchas cuñas para poder
hacerlo.... y en el fondo estamos hablando de domund, de propagar la fe sin
velocidad.
Claro, propagar la fe requiere dosis
de ternura, de cariño, de comprensión... en el fondo de misericordia. Propagar
la fe no es algo que tiene que salir en tirada como los periódicos que cuando
acaban de leerse su destino más cercano probablemente sea la cesta de los
papeles. Propagar la fe es tomarse en serio una revolución pacífica que puede
acabar, a veces y por desgracia, en tragedia. Propagar la fe es anunciar un
mensaje, que no necesita cuñas ni padrinos, sino que el ejemplo propio de vida,
es lo más serio.
Eso no lo entendió la madre de los
Zebedeos, que quería cuña para sus hijos. Jesús lo deja claro, ser misionero es
dar la vida en rescate de muchos y ponerse a la mesa a servir y no a ser
servido. Hoy la misión quizás ya no esté en la fotografía de las huchas que me
daban a mí de pequeño. Hoy la misión no solamente estará en la puerta de al
lado de mi casa, sino en mi casa: en mi hija, en mi familia, en mí mismo.
Hoy el misionero ya no es el que
enarbola una gran cruz y habla en nombre de no se quien y el que no entre por
el aro lo más probable es que acabe en la hoguera del convento más cercano o en
las mazmorras más oscuras que nos podamos imaginar. Hoy el misionero es el que
enarbola la bandera de su vida convicente y tiene como estandarte al propio
Jesús de Nazaret, como compañero de
fatigas y de viaje. Hoy el misionero es el que con misericordia es capaz de
provocar una revolución y que todos sean capaces de seguirlo porque les
convence.
Misioneros somos todos y todos
estamos llamados a ello. Quizás nos meta miedo, quizás no estemos convencidos
del todo, pero es que el propio Jesús tampoco convenció a todos. Hoy nosotros
somos la imagen de la hucha.
¿Somos misioneros?
Hasta
la próxima
Paco Mira



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