Estamos en el año de la misericordia. A
veces, cuando celebramos las
cosas deberíamos pensar un poco lo que hacemos y
celebramos. Seguro que la semana que entra celebraremos el día de la mujer
trabajadora, y para muchos será un día más; será un día en que volveremos a
levantarnos y nos acostaremos y quizás no signifique más de lo que es; la
semana que viene también se celebra el día de san Juan de Dios: muchos harán su
vida normal y no pensaremos en exceso en los niños, jóvenes, adultos... que
están en una ciudad que lleva por nombre San Juan de Dios.
Estamos en el año de la misericordia y
solamente llevamos tres meses, casi cuatro, desde que lo inauguramos y me da la
impresión que la palabra misericordia la dejamos para el diccionario de la real
academia española, pero que muchas veces o casi nunca la traducimos a la vida
real, en casos concretos, en hechos palpables y en situaciones de la vida
diaria. Misericordia, ¡qué palabra más bonita!. No es una palabra más, es la
palabra que tiene que guiar la motivación de los que nos llamamos cristianos.
Este domingo, Lucas, en su capítulo 15,
nos cuenta una historia preciosa para entender lo que es la misericordia. Creo
que el diccionario de la Real academia, si pusiera esta historia, se ahorraría
las definiciones que a veces son indefinición. Es curioso como Lucas habla de
un padre, que no dice que no. Un padre al que los hijos, o uno de ellos, lo
pone contra las cuerdas y le dice que ¡ya está bien! y que se va. ¡Cuántos de
nuestros hijos hacen lo mismo!. El problema está en la respuesta que los padres
damos de vez en cuando: "es tu problema, allá tú lo que haces, después no
me digas nada...". La historia no está en el hijo, sino que cuando
intentan volver, pues.....
Lo que más me llama la atención de la
parábola de Lucas, es la carrera del Padre. Quizás no estuviera bien de vista
porque en aquella época las condiciones médicas no eran las mejores, pero
seguro que intuyó, seguro que atisbó, seguro que olió a carne de su carne y
sangre de su sangre y no dejó que se acercará: echó a correr no a reprochar,
sino a abrazar.
La iniciativa del Padre, es la
iniciativa de nuestro Dios. ¡Cuántas veces nos atascamos en papeles
burocráticos!. No hace mucho, nuestro amigo Santiago Agrelo decía que no
"tienen papeles, pero tienen hambre". El mundo necesita más cercanía,
necesita más olor los unos de los otros, necesita más abrazo. El mundo no
necesita preguntas del por qué se hacen muchas cosas. Quizás las respuestas no
hay que buscarlas en ningún manual. El mundo necesita muchas veces gestos que
significan un montón de sentimientos.
El Padre de la parábola, lo más
probable es que no dejó que el hijo hablara. Le diría , " ¡cállate!. No te
preocupes. Olvídate de lo sucedido. Báñate, ponte ropa limpia, hagamos una
fiesta". ¡No me digan que no es bonito!. Lo más probable es que nosotros
pediríamos explicaciones, manifestaríamos nuestras inquietudes, como cualquier
padre; lo hizo hasta María "¿Dónde
estabas?. Tu padre y yo te andábamos buscando".
Los abrazos no necesitan palabras de
explicación. Los abrazos sinceros hablan por sí mismos. Nuestro mundo necesita
de nuestros abrazos. Necesitamos gesticular más y pedir menos explicaciones.
Necesitamos ejercer más la misericordia, no por pena, sino porque sentimos que
lo que a nosotros nos conviene, también podemos compartirlo.
No es la parábola del hijo pródigo, es
la parábola del Padre que siempre sale al encuentro del que lo necesita. Es la
parábola del Padre que siempre tiene los brazos abiertos para abrazar a todo el
que lo necesita. Es la parábola que nos permite cantar con el salmista, " gusten y vean que bueno es el Señor".
Es que con un Dios como el nuestro, siempre tiene que estar de moda el correr
para abrazar.
Hasta la próxima
Paco Mira



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