Casi sin tiempo, pasamos del miedo, de
las brujas, de los aquelarres, de los conjuros...a los cementerios, a las
flores, a los recuerdos nostálgicos de tiempos que quizás fueron mejores y de
personas que nos marcaron la vida de una manera inmejorable. Creo que no
aprendemos nunca: nos recreamos más en las miserias propias y ajenas que en los
beneficios, beneplácitos y bienaventuranzas de todos y cada uno de los
presentes.
Me da la impresión, y en eso en la
Iglesia quizás hayamos tenido mucha culpa muchos de nosotros, nos hemos
recreado en un Dios de difuntos, de muertos, de flores, de coronas que nos
recuerdan personas, de pésames, de
funerales.... más que en un Dios que camina
y acompaña a los que estamos en este mundo, de un Dios que ama y quiere que
todos y cada uno de sus hijos se salven, de un Dios que tiene un guión
programático que más quisiéramos para el 20 de Diciembre. De un Dios que abraza
y quiere, de un Dios revelado y no oculto y tenebroso.
Un programa que a le interesa:
felices los pobres; felices los que
promueven la justicia; felices nadie los que son limpios de corazón (¿en
política hay muchos?), felices los que tienen hambre y sed de ser justos con
los demás, etc... un maravilloso programa de un Dios que no es un brujo, de un
Dios que no es justiciero, de un Dios que no se recrea en la muerte de nadie.
Incluso creo que es un programa que podría ir en la agenda de cualquier partido
político.
Por
eso no necesitan estar muertos. El muerto no mueve ni promueve. El muerto no es
capaz de motivar y reavivar el entusiasmo. El vivo es el que es capaz de oír la
voz del que dice tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y me
visitaste, estuve triste y agobiado y me has escuchado y animado; necesitaba
una compañía silenciosa y allí estabas tú.... ¡cuántos santos hay en la vida a
los que no conocemos y que no tienen un día en el calendario!.
¡Qué
mejor santidad que la que empieza en casa!. Lo más probable es que siempre nos
acordemos de las riñas, de las broncas ... de los más cercanos, quizás de mamá
y de papá... pero no nos acordamos de las noches en vela, de las angustias para
que no nos enteremos de las penurias para llegar a fin de mes, de las llamadas
a los médicos y el acompañamiento a los mismos.... ¡cuánta santidad escondida
en mi casa y yo sin enterarme!
¡Cuántos
santos están cayendo en las fronteras que se cierran porque nos hemos pasado en
el cupo que nos corresponde olvidándonos que no tienen peana, pero que son
ejemplo de búsqueda de vida y de felicidad como bienaventurados que son!.
¡Cuántos
santos se están quedando en las vallas, cada vez más enormes y con púas y
cuchillas porque simplemente quieren compartir con nosotros la felicidad que
decimos que tenemos y que se la pasamos por delante de las narices!
¡Cuántos
santos que no quieren conocer el paro, pero que lo viven, y sin embargo acuden
a ese Dios como padre que les abraza y les acoge en la felicidad del amor.!
Amigos,
¿podemos calcular el número de santos?. Tú y yo todavía nos queda.
Hasta
la próxima
Paco
Mira





















