En algún tiempo, no sé si también ahora, los reyes eran los que desbordaban euforia por todas partes. Sin duda era los que no tenían problemas o al menos aparentaban el no tenerlos. Los reyes disponían a su antojo y los vasallos obedecían. Me da la impresión que a todo el mundo le iba bien, pues los que se quejaban eran los menos.
Volvemos a celebrar la fiesta del Rey, no de los reyes. Nuestro monarca tiene su día en el calendario. Un monarca que quizás no difiera mucho de los actuales, o al menos de alguno que conocemos: no es asumido por todo el mundo, incluso alguno se plantea si su figura en los tiempos que corremos dice o nos dice algo y por ello hay que mantenerlo. Alguno plantea que la figura del rey es una figura del pasado y por ello no tiene sentido, ha quedado obsoleta. Es un monarca, un rey que no ha pasado por muchas operaciones, como alguno de los actuales que conocemos: sus operaciones han acabado con su vida. Y lo hicieron porque los médicos, los entendidos de entonces, no acabaron por comprender su papel y su misión y por ello era más fácil no estudiar su mensaje que acabar con él. Sencillo, muerto el perro se acaba la rabia.
Pero casualidades de la vida, su reino, que él mismo decía que no era de este mundo, se ha convertido en un pueblo de reyes, en una asamblea santa… que tiene como misión que su reinado no se apague, no se acabe… aunque tampoco sea comprendida y entendida. Un pueblo, el de reyes, que será perseguido, calumniado, vilipendiado a lo largo de los siglos. Sin embargo el Jefe, el Rey… nos dirá que no nos preocupemos porque estaremos con él, desde ya en el paraíso.
Sólo nos pide algo muy sencillo: gratitud, generosidad, confianza… lo que conocemos por fe. Algo que a un Papa se le ha ocurrido que durante todo un año había que mirarse al espejo y comprobar si de gratuidad, de generosidad, de fe… andábamos repletos o por el contrario un poco escasos. Se acaba el año de la fe y quizás es la hora de hacer balance de cómo andamos de eso que decimos que hemos heredado de una forma gratuita. Es el momento de dar razón en un pueblo de reyes, que el reinado de la cruz, el reinado de la gratuidad, el reinado de la humildad…. ha merecido la pena.
En un mundo como el de hoy, donde las palabras ya cansan y se las lleva el viento; donde las promesas sin hechos son como hojas a las que el río se lleva sin resistencia, quizás es la hora de preguntarnos cuál es nuestro papel en este maravilloso reinado, donde la fe tiene que empezar a sentirse de una vez por todas sin necesidad que nadie nos lo recuerde.
Se acaba el año litúrgico y ¿van….? Unos cuantos. No sé si es ahora cuando tenemos, los cristianos, que tomar las uvas. No sé si es ahora cuando tenemos que pedir los deseos, lo que sí tengo claro que es la hora de despertar ya, que se nos tiene que notar que somos pueblo de Dios, que tenemos que bendecir a nuestro Dios, que Dios sigue siendo ese Dios que se ha encarnado en el Jesús de Nazaret que tocamos en el hermano que sufre, por eso su reino no es de este mundo.
Hasta la próxima.
Paco Mira



No hay comentarios:
Publicar un comentario