Me imagino que todos se acordarán,
nos acordaremos, de aquella famosa película en la que se narraba el hallazgo de
unos supervivientes en los Andes argentinos, después de que estos lograran
sobrevivir – algunos – gracias a la práctica del canibalismo con sus compañeros
fallecidos. Cuando fueron encontrados, quien lo hizo, se exclamó VIVEN. Todo
ello basado en un hecho real.
Y esa película, esa realidad, me
viene a cuento hoy por las fiestas que estamos celebrando. Por un lado los
fieles difuntos y por otro la festividad de todos los santos. No sé por qué me
da la impresión que nuestra religiosidad, nuestra cultura, es más una cultura
de cementerio, de lágrima, de luto, de vestimenta negra… que de alegría, de
colores claros, quizás de fiesta….. Parece que celebramos más el llevar flores
a los cementerios, que vivir con alegría la resurrección de los que nos han
precedido.
Ya lo dice nuestro evangelio, el
evangelio de todos, que nuestro Dios es un Dios de vivos, de gente lucha, de
gente que se gana la vida con el sudor de su frente y con la honradez de un
trabajo y su salario correspondiente. Nuestro Dios es un Dios de vivos
solidarios, de vivos que prestan su acción social en cáritas, en organizaciones
solidarias, en familias acogedoras con los deshauciados. Nuestro Dios es un
Dios que se parte y reparte entre todas aquellas personas que caminan a nuestro
lado y a veces no nos damos cuenta.
Amigos, no viven… vivimos porque
creemos – o eso espero – en un Dios que fomenta la vida y no el mortífero
aborto; vivimos porque creemos en un Dios que fomenta el respeto y la
amabilidad de todos aquellos que, como hermanos de una misma familia, se aman.
No está mal la flor, el ramo… pero no nos quedemos con eso solamente. Vayamos
fomentando el Reino de Dios y sobre todo su justicia.
Por eso serán dichosos y afortunados
los misericordiosos, los limpios de corazón, los pobres en el espíritu, los que
sufren por la causa de Jesús, los que caminan por esos caminos de tierra y
polvo en busca de un enfermo, de un encarcelado, en busca de los que tienen
hambre, no solo de pan, de justicia. Esos son los que están llamados a la
santidad.
Me gustaría también hoy recordar a
todos aquellos que nos han precedido en el camino de la fe, en la calle de la vida
religiosa. Aquellos que probablemente no estén en los altares, pero que muchos
de ellos se merecen un altar, por ejemplo a san chofer de guagua, santa
lavandera de ropa, san mensajero y santa secretaria, santa madre de familia y
san gerente de empresa, san obrero de la construcción y san agricultor, san
estudiante y santa colegiala, santa viuda, santa solterona, santa niña, santa
anciana, san sacerdote, san obispo, san pontífice, san limosnero, san celador,
santa cocinera, san arredatario y san millonario, por qué no… tantos y tantos
que amaron a Dios y cumplieron con los deberes de cada día.
Eso es lo que celebramos hoy. La
vida de todos y cada uno de nosotros y de los que nos han ido marcando, con su
huella, el camino que hay que seguir. Muchos están en las peanas de nuestras
iglesias, otros en el anonimato, pero que también se lo merecen, otros conviven
con nosotros todos los días. Es verdad que muchos son los llamados, pero pocos
los escogidos, pero todos estamos llamados a felicitarnos por nuestro día
dedicado a la santidad y al Dios de los vivos y no de los muertos. ¿nos
apuntamos?
Hasta la próxima.
Paco Mira



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