A veces la liturgia es tan
caprichosa, sin querer queriendo, que puede que acontecimientos importantes
como los de este fin de semana, donde dos personajes tan maravillosos se
entrecruzan, hace que uno pise al otro. Por ello, si me lo permiten me gustaría
hablar un poquito de ambos.
¿Quién de nosotros no se ha
enamorado alguna vez?. Quizás, y sin ello, es una experiencia maravillosa,
independientemente del futuro que nos depare la propia vida. Cuando uno se
enamora, nos tiembla el cuerpo entero, nos viene un cosquilleo en la barriga,
sentimos miedo…pero cuando se explota, ya nos da igual todo, corremos,
saltamos, brincamos…. Lo publicamos en el periódico y encima lo más probable es
que cantemos las maravillas de encontrarnos con la persona adecuada y en el
momento oportuno.
Me da la impresión que es un poco lo
que le pasó a María. María sintió miedo, cuando un personaje entró sin permiso
en su casa. Lo más probable es que ni tocase en la puerta, porque en aquella
época lo más probable es que no se estilase. Y sintió miedo porque el propio
ángel le dice que no tema. María, como cualquier enamorada, se pregunta por qué
ella tiene que ser la elegida. María, una vez que asume la historia de su vida,
lo primero que hace es salir corriendo, no se si asustada o de gozo, pero corre
a la montaña a ver a su prima y por último, María lo que hace es proclamar con
gozo que asume la propia historia que le ha tocado.
En definitiva un enamorado, María
acepta la presencia de Dios en ella; quiere ser el vehículo por el que Dios
manifiesta su presencia a los demás. María quizás no entienda el por qué, pero
sabe que en el fondo merece la pena. A lo largo de la historia nos hemos
entretenido demasiado en si era o no virgen, si antes, durante y después del
parto y es curioso que lo más importante del tema es que Dios quiere encarnarse
entre nosotros, que Dios, despojándose de
su rango… se hizo igual a nosotros menos en el pecado”. Quizás sin querer,
Pablo estaba desvelando la duda. Dios camina con nosotros, por la misma senda
que nosotros, con los mismos sufrimientos, alegrías y penas que nosotros.
Por ello hay alguien, cuando las
cosas no salen bien, que me imagino que son muchas, se cabrea, se llama Juan y nos pide
conversión. Porque Juan sabe, que si no cambiamos de actitud, si no nos damos
la vuelta al calcetín, lo más probable que no lleguemos a la misma postura de
María. Vivimos en un momento en que el positivismo de la vida, la comprobación
racional de las cosas… no deja lugar a sentimientos, emociones… no deja espacio
a que el corazón, como los enamorados, deje fluir con normalidad sus
posicionamientos.
Me imagino a un Juan cabreado por
los caminos polvorientos de Palestina. Un Juan afónico por anunciar la
evidencia; un Juan incomprendido por un grupo de personas que no entendían que
el amor era posible, y encima no merecía desatarle la correa de las sandalias.
María lo entendió, no sin temor previo, pero al fin y al cabo como consecuencia
de su compromiso.
Es una pena que hoy la festividad y
el segundo domingo de adviento coincidan, pero es un honor y un orgullo el
poder contemplar en el mismo día a Juan y María unidos por una misma causa. Uno
afónico y la otra en silencio. Quizás contradicciones. Pero hoy también hay
quien se queda afónico gritando que el mensaje de Jesús sigue mereciendo la
pena y otros con su ejemplo, con su testimonio, su silencio… también indican
que Jesús camina con nosotros por el camino de la vida.
Felicidades a las Inmaculadas y a
los afónicos por causas justas
Hasta la próxima.
Paco Mira



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