POR FAVOR, ¡DESCÚBRANSE!
Lo más
probable es que si miramos la historia del sombrero, seguro que con alguna
sorpresa nos encontraríamos. El sombrero
no sólo ha sido un artículo de
decoración personal, como prenda de vestir, sino que incluso tenía cierta dote
de coquetería. ¡cuántos, en la edad media, no se sacaban el sombrero cuando
pasaba una dama!. Y quizás no habría que ir tan lejos para ello. Todavía hoy,
ante lo femenino nos descubrimos.
A nivel
de fe, me gustaría que también nos descrubriéramos en el día de hoy, sobre todo
al hablar de un santo por excelencia, al hablar de Francisco de Asís. Hablar de
Asís, es hablar de Francisco y hablar de Francisco es hablar de Evangelio puro
y duro. Un hombre bajo, quizás no guapo, enfermo en algunos momentos de su
vida, pero un hombre que supo asumir, asimilar, entender… como nadie que si “tuviéramos fe como un granito de
mostaza”,
lo más probable que las cosas serían de otra manera.
Francisco
supo entender como nadie que Jesús de Nazaret, que su mensaje no es un mensaje
baldío, un mensaje de boquilla, un mensaje en el que decimos pero no hacemos.
Francisco supo hacer del belén su propia vida, supo convertir su vida en una
página de la historia viviente, supo aplicar a su propio padre que de nada
sirve ir a la Iglesia todos los días, darnos golpes en el pecho…. Si los pobres
no son nuestra prioridad.
Aquella
frase que comenta su gran biógrafo Tomás de Celano, que le dijo el Cristo de san Damián,
“Francisco ve y repara mi Iglesia que amenaza ruina”, no hizo falta que la
repitiera dos veces. Equivocadamente empezó a reparar físicamente la
Porciúncula, la pequeña ermita donde él se retiraba a hablar con su padre Dios,
sin embargo pronto se dio cuenta que no hay que esperar que nos digan que el
evangelio tenemos que sacarlo a la calle. Aprendió rápido la carta que este fin
de semana le dirige Pablo a su amigo Timoteo, de que no hay que tener vergüenza
de la fe, por eso él se queda desnudo delante de su padre, no hay que tener un
espíritu cobarde, por eso él habla con el Papa y le dice que hay que cambiar el
rumbo de la Iglesia.
Sin
duda, hoy los tiempos que corremos no son los mejores, pero podrían ser los más
sinceros, como los de Francisco. Hoy los tiempos que corremos no invitan al
entusiásmo y a la alegría, pero sí
podemos decir que somos unos pobres siervos y que hemos hecho lo que teníamos
que hacer. Francisco lo entendió no a la primera, pero lo entendió. Le dio
vueltas, se hizo amigo de los leprosos y rápidamente se dio cuenta que el
evangelio es de los pobres.
Una de
las grandes cualidades de Francisco es que su alegría por el evangelio lo
contagió rápidamente a su amiga Clara, a Bernardo, a Domingo… hoy nos
tendríamos que preguntar si nuestro cristianismo es contagioso, si nosotros
contagiamos lo suficiente para que los demás nos sigan porque ven que vamos
tras la senda de Jesús de Nazaret.
Alabado
seas mi Señor, por los enemigos, por la muerte corporal, por los animales, por
mis hermanos… pero sobre todo que nos haga instrumentos de su paz en un mundo
lleno de odio, de venganza y de rencor, de pateras que llegan a Lampedusa o a
cualquiera de nuestras islas. Palabras de Francisco que todavía siguen vigentes
y no cumplimos.
Hasta
la próxima.



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